Discurso de Berlín: el levantamiento de los cuerpos contra la sociedad guerra

El presente texto es una versión, editada y ampliada, de la intervención de Raúl Sánchez Cedillo en el encuentro “Pluriverse of Peace: How to Connect Anti-War and Environmental Struggles?”, que tuvo lugar en Berlín el pasado 16 de octubre. Berlín, capital desgarrada por la tensión entre su singularidad histórica y su reciente condición de centro de la nueva Alemania de austeridad, militarismo y segregación disfrazada de “lucha contra el pasado nazi”, es hoy un laboratorio de las nuevas formas de “democracia racial” y de movilización autoritaria para la guerra civilizatoria, civil, militar, externa e interna, en la Unión Europea. Restricción de libertades de manifestación y expresión; criminalización y muerte civil de quienes critican la política genocida de Israel, convertida en “razón de Estado” desde 1952 y reafirmada con violencia desde el 7 de octubre de 2023, convirtiendo la personalidad jurídica de la República Federal Alemana en cómplice de otro genocidio más. Ante los más que probables tumultos que han de estallar en Alemania (como en el resto de Europa, como en el Reino Unido), las fuerzas políticas anticapitalistas, feministas, anticoloniales y antifascistas en Alemania presentan un cuadro sombrío de división, desorientación y falta de inteligencia de la situación y de la coyuntura. Como en los años 20 y 30 del siglo pasado, en Alemania se juega el futuro inmediato de Europa.
Movilización de guerra. Transporte de tropas por ferrocarril, agosto de 1914. Fotografía de Oscar Tellgmann (1857-1936), Bundesarchiv. El escrito en el vagón dice: "De Munich a París pasando por Metz". 
Movilización de guerra. Transporte de tropas por ferrocarril, agosto de 1914. Fotografía de Oscar Tellgmann (1857-1936), Bundesarchiv. El escrito en el vagón dice: "De Munich a París pasando por Metz". 

1

Es arriesgado comenzar con lo que puede parecer una banalidad o una provocación: estamos en esta situación mundial porque muchas, demasiadas revoluciones han fracasado. El principio de resistencia, de antagonismo, de fuga creativa y de revolución de las subjetividades oprimidas y explotadas contra los regímenes del capitalismo histórico es un a priori, tanto ontológico como histórico de los procesos sociales en el sistema mundial moderno y contemporáneo. Lo ha sido y lo sigue siendo hoy. Es más: la situación mundial actual es inexplicable sin partir de ese principio. 

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El caos ecosistémico lleva imperando desde hace ya un buen tiempo. Este caos no es primordialmente un asunto de física e ingeniería, es decir: no busquen “soluciones”. Tampoco estamos ante la “policrisis”, que sin embargo continúa haciendo las veces de un simulacro de análisis en boca de no pocos "formadores de opinión". Porque hablar de “muchas crisis”, por más complejas, intrincadas o superpuestas que las queramos, apunta a soluciones, incluso parciales, cuando no, siguiendo una supuesta etimología de la palabra, a múltiples “oportunidades”. En cierto modo, el modelo de la “policrisis” nos remite a la ilusión de un sistema mundo relativamente gobernable y controlable mediante la arquitectura institucional, política, económica y militar nacida de la Segunda Guerra Mundial y del orden postcolonial tras la independencia de India y la fundación de la República Popular China en 1949. Pero cada día que pasa, en los actos de palabra, como en las decisiones de los actores políticos del subsistema atlántico, trasluce cada vez el sentido de una mutación más intolerable que incomprensible. Es como si de la naturalización de la hegemonía de las potencias coloniales e imperialistas euroatlánticas se hubiera pasado a un sentimiento de alienación traumática con respecto al mundo y a las constantes históricas, dando paso a un retorno de lo reprimido pero no curado: la “decadencia”, la “civilización amenazada”, el Untergang [el ocaso], la “situación existencial”. Dicho de otra manera, los ritornelos del exordio de la guerra y el fascismo. 

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En el mundo occidental hemos entrado en regímenes de guerra plenamente desarrollados. ¿Desde cuándo? Podemos identificar puntos de inflexión, pero al mismo tiempo es innegable una tendencia histórica que se remonta prácticamente a los orígenes del capitalismo histórico y a las relaciones que en este se dan entre máquinas de guerra, tecnociencias y sistemas de estados. Pero resulta indispensable definir un proceso central en el pasado más reciente, y este no puede ser otro que el paso del bipolarismo de la Guerra Fría y la disuasión nuclear al llamado momento unipolar que comienza en 1991 con la disolución de la URSS y la Pax Americana declarada por Bush sr. tras la primera Guerra de Irak. Dentro de ese proceso en el sistema mundial sin duda encontramos puntos de inflexión decisivos en el camino hacia los regímenes de guerra. Pienso que el 11-S de 2001 es el punto cero de la tendencia en el periodo unipolar estadounidense. Pero sin duda la invasión rusa de Ucrania del 24 de febrero de 2022 es el punto de no retorno en la instauración del régimen de guerra global, respecto al cual la guerra genocida del estado israelí en Palestina tras el 7 de octubre de 2023 es una réplica sísmica y un salto exponencial en el proceso de fascistización occidental.

Pero recordemos: ¿Qué es un régimen de guerra? En lo fundamental, es una captura modular de todas las “esferas” sociales, desde el gobierno a la cultura, y por supuesto desde la “economía” a los medios y la “sociedad civil”, por un vector operacional que impone la división amigo-enemigo. En un régimen de guerra no hay distinción entre el adentro y el afuera, lo doméstico y la política exterior. El enemigo geopolítico siempre tiene su correspondiente enemigo interno, ya se trate de “comunistas”, “islamistas”, o sencillamente sindicatos que hacen huelgas generales y paralizan los puertos como sucedió en Italia el 22 de septiembre de 2025, activistas antimilitaristas y ecologistas: en la medida en que la economía no solo se militariza -con el aumento de los capitales públicos y privados dedicados a las industrias de guerra, vigilancia y seguridad-, sino que las infraestructuras de comunicación y transporte, conforme a la concepción de la movilización total que va del Helmuth von Molke de la guerra franco-prusiana de 1870-1871 al Erich von Ludendorff de la dictadura militar alemana de 1916-1918 y su posterior idea de la “guerra total” y de la nación alemana (völkische, es decir, supremacista germánica) como sujeto total de la guerra, sin distinción entre civiles y soldados. No hay ninguna ruptura esencial a este respecto en los discursos militaristas de la presidenta de la CE Von der Leyen y su guerra existencial por la civilización europea contra el enemigo geopolítico asiático y musulmán, que sirven de justificación a la propuesta del plan Rearm Europe / Readiness 2030, propuesto el 4 de marzo de 2025, y sus iniciales 800.000 millones de euros en armamento para la guerra contemporánea. El “mundo occidental” es la principal fuerza motriz de los regímenes de guerra. 

Vale la pena preguntarse: ¿Por qué los regímenes de guerra? O dicho de otra manera: ¿qué procesos han llevado al fracaso de los dispositivos políticos e institucionales de prevención, mediación, mitigación y control de las dinámicas bélicas y los procesos centrífugos en el sistema mundial? Los regímenes de guerra son una respuesta, fruto de una decisión, una Entscheidung, tanto en el sentido lógico como político de la palabra. No una decisión tomada en cónclaves secretos, no una conjura, sino un proceso recursivo de evaluación y eliminación de opciones, más o menos tenso, asimétrico o movido por las relaciones de fuerzas entre las clases, grupos y estados capitalistas, formalmente democráticos o no tanto, una suerte de computación distribuida, no exenta de valores, pasiones, intereses, hipótesis y proyectos, incluso divergentes y enfrentados. Los regímenes de guerra son una respuesta capitalista a dos acontecimientos concomitantes: por un lado, los grados crecientes de incertidumbre sobre parámetros clave de la gobernanza (que definen la situación de caos ecosistémico), agudizados desde la pandemia del Covid19, ya se trate del precio de la energía, las materias primas, los movimientos de personas, los estallidos de protesta obrera y popular o las catástrofes naturales; por otro lado, el choque de finitud que le contraponen las fuerzas del trabajo y las entidades y relaciones ecosistémicas que consideraba siempre disponibles, inagotables.

La finitud no es de suyo algo negativo, sino una situación problemática, además de una condición planetaria. Pero es un redoble fúnebre para las estructuras de poder y explotación del capitalismo histórico, que perciben y responden de manera fóbica a estos choques de finitud, que son a su vez choques de resistencia. Se trata de algo que vemos en la resistencia a morir y enfermar de los cuerpos contra la necropolítica capitalista, agudizada durante y tras la pandemia del Covid19; o en la resistencia africana, palestina o amerindia al extractivismo y al control espacial de los cuerpos migrantes; la resistencia feminista al neonatalismo patriarcal del supremacismo blanco, al trabajo sexual sin derechos, a la explotación del trabajo de cuidados; la finitud de los recursos energéticos y del sistema climático compatible con la vida; y si pensamos en los delirios capitalistas marcianos de la tecnooligarquía estadounidense o la reorganización del estado en torno a la protección y mantenimiento de centros de datos que capturan y esquilman los recursos ecosistémicos, no podemos dejar de advertir la denegación fóbica (y, por lo tanto, fascista y genocida) de la finitud de los cuerpos en el espacio tiempo del sistema solar.

¿Cuáles son las principales consecuencias de los regímenes de guerra?  En primer lugar, como comprobamos cada día, una predisposición hacia las guerras “existenciales”, civilizatorias, que no admiten vacilaciones, objeciones y mucho menos deserciones, y que cuando no se emprenden y se prolongan sine die, como en Ucrania o en Palestina, en Siria, ahora en Irán, se vuelven cada vez más probables, tanto en la forma de guerras civiles, abiertas o larvadas, como de guerras abiertas entre los grandes centros continentales, dotados del arma nuclear: Estados Unidos, Federación Rusa, India, China, pero también la Francia de Macron que ofrece la protección de su paraguas nuclear mientras planea el retorno de su poder colonial en el Sahel.

No se trata de que las guerras solo sean “existenciales” y civilizatorias ahora: lo han sido siempre desde las Cruzadas. Pero hay una clara ruptura en la legitimación e imposición de la guerra en el subsistema atlántico de la OTAN respecto al periodo de las “guerras humanitarias”, desde la Primera guerra de Irak en 1990-1991, avalada por el Consejo de Seguridad de la ONU, a las “intervenciones” de la OTAN en la ex Yugoslavia, Kosovo, Somalia. Precisamente la captura modular del par amigo-enemigo permite activar dinámicas crecientes de movilización total de las sociedades contra los enemigos internos y externos. Estas dinámicas funcionan también con arreglo al par interior-exterior, de tal suerte que observamos distintas tácticas de los bloques dominantes en cada estado y cada región geopolíticas, donde, como en la Unión Europea, el extremo centro promueve la guerra y el complejo militar-industrial como una manera de neutralizar al enemigo interno, ya se trate de las fuerzas sociales y políticas de la izquierda de ruptura, como de las extremas derechas nacionalistas y fascistas, pero no sin contradicciones, como veremos. Porque si la guerra en Ucrania y su escalada bélica y militarista concomitante han conseguido dividir y desorientar a la izquierda occidental, pulverizando de paso las izquierdas ucraniana y rusa, la complicidad activa en el expansionismo genocida de Israel en Palestina, el Levante y en Irán ha sellado un destino colonial compartido entre el bloque de “extremo centro” y las extremas derechas supremacistas europeas.

Mientras tanto, a cada demostración de la pérdida de relevancia política, industrial, diplomática, militar y demográfica del bloque histórico colonial europeo, este responde con la agresividad, el voluntarismo y la mala fe de quienes son incapaces de mirar de cara el nuevo estado del mundo, convirtiendo ese estado en una amenaza existencial y, por lo tanto, en un motivo de guerra y movilización total e, inevitablemente, en una reducción a grados ínfimos de los elementos de democracia económica, política, judicial, mediática y diplomática en sus operaciones. En este último aspecto, basta citar la infamia del doble rasero diplomático en el tratamiento que la UE ha dado a la agresión rusa en Ucrania y al genocidio israelí, y que ha hundido irremisiblemente el mito de la superioridad moral del proyecto europeo a los ojos de la mayoría de la población mundial, que habita en los países del Sur global.

Pero si la guerra en acto o siempre más probable no fuera ya suficientemente intolerable, el régimen de guerra es además una especie de laboratorio de diseño de ecosistemas políticos, subjetivos, medioambientales óptimos para la proliferación de nuevas formas de fascismo. No vale la pena abordar en esta intervención la cuestión nominal de a qué llamamos fascismo y sobre lo apropiado o no de la denominación. La relación genética y genealógica entre los fascismos históricos y las dos guerras mundiales del siglo XX no fue un hecho contingente, sino que se revela como una invariante irreversible del capitalismo histórico, colonial, tecnocientífico, anticomunista y bélico. Por un lado, los fascismos históricos negociaron su supervivencia en occidente poniéndose al servicio de los cuerpos y agencias especiales de la Guerra Fría antisoviética y, en países como Italia, España, Grecia, Alemania o Francia, como masa de maniobra de la “estrategia de la tensión” contra el largo 68 europeo. Esto nos permite demostrar que ha habido una transmisión y una reproducción de personal, repertorios y capacidades de agencia. No se trata de establecer una continuidad estricta, pero sí de identificar las mutaciones de un mismo filo ecológico fascista que ha encontrado, con el choque de finitud del capitalismo histórico, una extraordinaria estructura de oportunidad, una ventaja ecológica.

Los fascismos siempre se corresponden con las operaciones de una “revolución conservadora”. Son, en ese sentido, siempre reactivos. Pero al mismo tiempo presentan las virtudes recombinantes de apropiación de los repertorios, los lenguajes, las tecnologías, los gestos, las retóricas antisistémicas, para transformarlas en aparatos de segregación, guerra, supremacismo y exterminio en la guerra existencial.

En lo que atañe a la inseparabilidad entre guerra moderna y fascismos, no tenemos que establecer comparaciones, sino más identificar las transformaciones entre la guerra total y la movilización total de Ludendorff y el carácter cada vez más identitario, supremacista y exterminista de las narraciones europeas sobre la decadencia del Occidente y de sus valores e identidades civilizatorias, de Von der Leyen a Alexander Dugin, pasando por el banderismo ucraniano o Steve Bannon. Se trata de localizar las permutaciones, los desplazamientos semánticos, las recomposiciones narrativas de una misma estructura “existencial” decisionista y de lo que Adorno denominaba la “jerga de la autenticidad” y que se expresa en toda su infamia caricaturesca en el propio Ludendorff: 

"Pero la guerra es la máxima expresión de la voluntad vital de la raza alemana. Por eso la política debe servir a la guerra. Cuanto más recuperen los pueblos su conciencia racial, cuanto más se agite en ellos el alma del pueblo, cuanto más claramente se reconozcan por todas partes las condiciones de vida de la raza alemana y se agudice la visión de las actividades destructivas para el pueblo de las potencias supranacionales, del pueblo judío y de la Iglesia romana, con su afán de poder mundial y sus métodos políticos que pisotean a los pueblos, tanto más se impondrá por sí misma una política que aspire a preservar la vida del pueblo y sea consciente de las exigencias de la guerra total. Será simplemente la política de la raza alemana dada y se pondrá voluntariamente al servicio de la guerra, porque ambas tienen el mismo objetivo: preservar al pueblo". 

De esta suerte, se pone de manifiesto una paradoja que quizás solo sea aparente, habida cuenta de las experiencias históricas de entreguerras en Italia, Alemania, Portugal, España, Austria, en las que la furia antisoviética, junto a la negación rotunda a la inclusión de la lucha de las clases obreras como motor del desarrollo del capital y su regulación, llevaron a las oligarquías capitalistas y rentistas a apostar sin ambages por las formaciones de extrema derecha nacidas de la guerra moderna y el exterminio colonial. La paradoja consiste en que hoy, el extremo centro histórico en la base de las comunidades europeas, la derecha popular democristiana y los socialdemócratas anticomunistas, en nombre de la defensa y la expansión de las democracias de la propiedad, el mercado y el pluralismo político limitado, reducen al mínimo el mercado y el pluralismo político, construyendo regímenes autoritarios y cada vez más marcados por las guerras internas y externas, ya sea en nombre de la seguridad (de la propiedad) o de la civilización europea amenazada por los “totalitarismos”, ruso, chino o islámico. 

El neoliberalismo como movimiento político de las derechas y las oligarquías occidentales comenzó con violencia y cierre de mercados antes que con liberalizaciones y aperturas de mercados. Así lo veía Toni Negri en un opúsculo escrito en la cárcel en 1979-1980, El comunismo y la guerra, donde describe una situación, la de la Italia que desde finales de la década de 1970 puso fin a las garantías democráticas para terminar con el “largo 68”, mediante la supresión autoritaria de los antagonismos de clase y género en el mercado (independencia del salario y extensión política del estado de bienestar a jóvenes y mujeres):

“Entonces, aquí el problema se concreta en la definición específica, en el origen de la situación actual: el colapso del mercado. Esto determina una situación de guerra. [...] por un lado, el surgimiento del valor de uso como movimiento de masas registra un estado de guerra. Por otro lado, el artificio capitalista de la fijación programática del valor de cambio como poder de mando político, como determinación de la verdad, registra también una situación de guerra. La gran invención pacifista de la burguesía, la gran simulación pacífica de la guerra, la lógica de los egoísmos revisada y llevada a fundar la normatividad: todo esto se derrumba; el mercado deja de ser una norma y vuelve a ser un lugar, un territorio, un campo de batalla. La separación no separa el mercado, lo destruye. Lo destruye, en cuanto mediación, en cuanto lógica recompositiva. Lo destruye en cuanto posibilidad de determinar equivalencias, de poner en marcha secuencias de verdad. En última instancia, la separación puede ser aprisionada, delimitada, excluida: pero también esto destruye de por sí la verdad del mercado. De hecho, este no conoce otra sobredeterminación que no sea, llegado este punto, un acto de guerra. El mercado es aquí el lugar abstracto al que se opone lo concreto de la separación [de clase]. La guerra es la situación ontológica a la que conduce la ruptura del mercado”.

El mismo Negri, en los mismos años y en la misma situación de prisión ofrecía en su ensayo “Fascismo y derecho: una cuestión de método”, una definición sucinta pero interesante tanto de democracia como de fascismo, que viene al pelo de nuestra situación y nuestra coyuntura actuales:

“Por democracia entiendo aquel régimen político (ya sea constitucional, liberal o socialista) en el que el poder consiste estructuralmente en la relación entre el desarrollo capitalista y el desarrollo de las luchas obreras. Por fascismo entiendo, en cambio, en una primera aproximación, el registro de la ruptura de la relación entre el ciclo de las luchas obreras y proletarias y el ciclo del desarrollo capitalista y, por lo tanto, la institucionalización política (estatal) de la ruptura, desde el punto de vista del capital”.

La conclusión, inevitable, es que el resultado fundamental de los regímenes de guerra no es solo ni mucho menos las economías de guerra, sino fundamentalmente sociedades de guerra, warfare societies. Esto es algo que se revela en las dos zonas de guerra y exterminio fundamentales, Ucrania-Rusia e Israel-Palestina y ahora Irán. En ellas se revela que la guerra tiende a convertirse no solo en un modus moriendi, sino en modus vivendi

En este sentido, el llamado “Discurso de Esparta”, pronunciado por Netanyahu el 15 de septiembre de 2025, es prácticamente un programa universal para los regímenes de guerra:

“Somos Atenas y Esparta. Pero seremos Atenas y Superesparta. No tenemos otra opción, al menos en los próximos años, cuando nos veamos obligados a enfrentar estos intentos de aislamiento. Primero tendremos que desarrollar nuestras capacidades para defendernos y atacar a nuestros enemigos. [...] Lo que ha funcionado hasta ahora dejará de funcionar. No podremos aprobar estos enormes proyectos con la burocracia actual. Hay que recortar la burocracia de forma drástica y drástica. Esto encontrará oposición legal... Lo que necesitamos legislar, se legislará. Necesitamos crear infraestructura nacional de defensa rápidamente a una escala sin precedentes. No tenemos tiempo porque el mundo avanza a una velocidad descomunal, incluidos nuestros enemigos. El hecho de que les hayamos asestado golpes muy duros no importa”. [traducción del audio original disponible on line].

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Lo sabemos, por la experiencia histórica, tanto la más lejana como la más reciente. De la Pax Romana a la Pax Trumpiana, solo las almas bellas y solo los canallas hablan de la paz como un bien en sí, que no necesita cualificarse en frases, determinantes, preposiciones, sintagmas, contextos. Esa es la paz de los cementerios. Por eso propongo expresiones de lo que he llamado paz constituyente, que no es sino una forma de decir que necesitamos momentos, periodos, contextos de paz, de cesación de la violencia armada, externa e interna, para acometer lo necesario contra los regímenes de guerra capitalistas y las sociedades de guerra. Y lo necesario es la autoconstitución de una multitud (de las clases y grupos explotados y oprimidos) y de su hegemonía sobre sus antagonistas, desde los fascistas a los war liberals y los rojipardos, el centro izquierda militarista, de los grandes propietarios de capital y sus corporaciones a los señores patriarcales de la guerra. 

Una multitud se produce y es capaz de autoconstituirse en las luchas contra los regímenes de guerra, y lo hace en coincidencia e indistinción con el acontecimiento revolucionario. Qué caracteriza a la multitud y cómo se produce lo vamos a ver más adelante.

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Sin embargo, desde Ucrania, desde Palestina, invadidos y ocupados nos dicen: ¿por qué paz y no nuestra guerra? ¿Acaso nos liberaremos si no es por las armas? Otros podrían replicarnos, citando a Lenin: ¿por qué no transformar las guerras imperialistas y coloniales en guerras civiles contra capitalistas, colonizadores y colonos? Y esta es una objeción tan seria como difícil, a la que no puede responderse con escrúpulos morales o fantasías de una paz conciliadora. Sin embargo, no estamos aquí ante el problema de la legitimidad del uso de la violencia, o incluso de la violencia armada, sino ante el problema de la viabilidad política, ética y emancipadora de una estrategia de la guerra. La inversión de la fórmula de Clausewitz, donde la política pasa a convertirse en la continuación de la guerra por otros medios, contiene esa verdad profunda que explica la formación de las sociedades de guerra: bajo las condiciones del régimen de guerra, capital, fuerzas productivas, estado y fascismos tienden a volverse indistinguibles. La intercambiabilidad entre fuerzas productivas técnicas y sociales convierte la guerra entre estados en un horizonte en el que la destrucción absoluta ecosistémica, nuclear, química, radiológica y biológica es el punto de convergencia, no solo del enfrentamiento entre bloques, sino también de todo antagonismo entre fuerzas emancipadoras y estados y organizaciones del capital-guerra. Dicho de otra manera, en la indistinción tendencial entre sociedad y formas de guerra como resorte del poder de mando capitalista, pasar de la supervivencia a la emancipación solo puede ser un éxodo constituyente dentro y contra la sociedad (de) guerra.

Por eso necesitamos que la fuerza política, los contrapoderes capaces de desbaratar los regímenes de guerra lo hagan en nombre de una paz con justicia, de una paz con reapropiación de la riqueza ecosistémica y los medios de producción (de la vida y de la muerte), en definitiva, de una paz constituyente. Pero en lo inmediato, la paz, entendida como el final o la cesación, siempre frágil, de las políticas homicidas y sádicas, como tregua indefinida del exterminio y el homicidio político, es un objetivo prioritario, en Ucrania, en Palestina, en Sudán, en Irán, en el Sáhara Occidental o en cualesquiera de las casi 60 guerras en curso en el mundo actual. No hace falta explicar demasiado el porqué: no podemos desbaratar los regímenes de guerra capitalistas en medio de la guerra, el homicidio legal, la movilización y la vigilancia totales y los fascismos desatados y legitimados por su perfecta adecuación al ecosistema de la formación de la sociedad guerra y del poder de mando.     

Sería un error, comprensible en la desesperación y la zozobra, pero no por ello menos funesto, pensar que “al final” el “estado de derecho (internacional)”, la “razón”, la “sociedad civil” o el “capitalismo democrático” terminarán imperando. No, el único fantasma que recorre el mundo, el de la hipótesis comunista nacida entre 1796 y 1848, es precisamente lo que a los ojos de las clases propietarias globales avala los regímenes de guerra, la libertad de acción y el engorde de las formaciones fascistas y el control capitalista del caos ecosistémico. 

No, necesitamos una insurrección de los cuerpos contra los regímenes de guerra y, por lo tanto, también contra sí mismos. Porque el sujeto-objeto de los regímenes de guerra capitalistas son las concatenaciones, los ensamblajes de cuerpos y máquinas funcionales al control y explotación capitalistas del caos ecosistémico. La multiplicidad y la potencia compuesta de los cuerpos, siempre en disputa, ha de ser estratificada, dividida y jerarquizada y cuarteada con arreglo a los procesos dominantes en los regímenes capitalistas de guerra. Como hemos visto más arriba, la vieja noción fascista y militarista de la movilización total (Totale Mobilmachung), tan cara a Erich Ludendorff o Ernst Jünger, se aplica hoy a la formación de los cuerpos sometidos, disponibles, deseantes de su opresión mediante la opresión y la muerte de los cuerpos enemigos para la sociedad guerra. Es lo que Ludendorff llamaba, en el citado Der Totale Krieg, la “Seelische Beschaffenheit des Volkes [la índole del alma popular”]. La disputa está en la rebelión y la constitución de los cuerpos como sustancia común en y contra la formación de esas sociedades guerra, inevitablemente abocadas al fascismo.

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Llegados a este punto, una vez que expuesto la entidad y el rango político central, determinante, de los regímenes de guerra en su aceleración hacia la formación de sociedades guerra, el problema que se plantea no es tanto si el desbaratamiento de los regímenes de guerra es o no una cuestión de vida o muerte, un objetivo común para la multitud de las clases y grupos explotados, oprimidos y dominados -pues es algo que se nos se presenta como algo claro y distinto- sino más bien cómo hacerlo. Pero designando como sujeto de esa política una multitud no la concebimos como algo dado y ya formado. Antes al contrario, una multitud solo puede formarse en el proceso feliz de la composición y ensamblaje mutante de las singularidades de raza, clase y género con arreglo a funciones tanto antagonistas como instituyentes y constituyentes. ¿Cómo se produce? La multitud no es una semilla latente. No es una idea preexistente que se haga carne. Como las clases, la multitud no preexiste a su constitución. Por eso nace siempre del acontecimiento: de indignación ante lo intolerable; de agresión contra la dignidad humana y animal; de la vergüenza propia y ajena a partir de un grado insoportable de impotencia y abyección de los poderes y de las instituciones. La multitud es la potencia y la agencia misma de lo múltiple de los seres humanos explotados, oprimidos y dominados, su expresión eficaz e inteligente. La multitud piensa siempre, por eso no es la turba, la muchedumbre, el Pöbel o la canaille, un producto de la psicología de masas capitalista dentro los estados de dominación y subalternidad de una sociedad. No es una masa en busca de un amo o un Führer. La multitud no es un estado amorfo que precisa de organización por arriba o a través de una mediación institucional: solo hay multitud con instituciones propias, consejos, confederaciones, ligas, comunas, commonwealths, medios de comunicación, instituciones éticas y literarias. La multitud es un proceso que convierte a la clase dominada en una multiplicidad potente, plural, agonística en su interior dinámico y expansivo y antagonística respecto a los sistemas de poder que la oprimen. En el contexto de los regímenes de guerra que vivimos, una multitud puede constituirse en el acontecimiento de la desobediencia, la revuelta, la deserción y el sabotaje contra las operaciones de imposición de la sociedad guerra. 

Sin embargo, esto no agota el problema fundamental, el de las tácticas, los repertorios, las formas organizativas y las instituciones de contrapoder que demuestren que esa multitud puede prosperar, persistir en su labor destructiva de los regímenes de guerra capitalistas y constructiva de modos de producción y reproducción en y del común, de una sociedad contra la guerra. Aquí tenemos que reconocer un pasaje estratégico, una hipótesis implícita. Se trata de imaginar y proyectar en la práctica los modos en que empezamos a fracturar el nihilismo de la inevitabilidad de la sociedad guerra, por un lado, y los modos de conexión entre revueltas, huelgas, victorias electorales, contrapoderes mediáticos y la práctica de un nuevo internacionalismo o transnacionalismo eficaz. 

Resultaría imperdonable que, habiendo iniciado esta intervención señalando la anterioridad del principio de resistencia y revolución respecto a todas las operaciones capitalistas y reaccionarias, de la descripción del espesor y la consolidación de los regímenes de guerra se pudiera desprender un pronóstico sombrío y derrotista. Ni por asomo. Los fenómenos que analizamos nos dicen que ya hemos entrado en un tiempo en el que revueltas y revoluciones se tornan considerablemente probables, frente a las cuales precisamente los regímenes de guerra operan como reacciones preventivas, instaurando un estado de excepción generalizado y un proceso de construcción de sociedades (de) guerra. Toda la evidencia disponible en la historia reciente del capitalismo histórico nos lleva a pensar que el balance entre coerción y seguridad personal y social de las distintas fórmulas del capitalismo histórico (con la excepción de la República Popular China) en la actualidad es desmesuradamente desfavorable para las clases subalternas del planeta.

Dicho de otra manera, en el tránsito a la sociedad guerra, la única opción para la mayoría es la supervivencia provisional en el nuevo marco de la movilización total civilizatoria, sin garantías y al precio de la obediencia a las nuevas jerarquías de raza, clase y género. Que esta condición se determine en los países occidentales y en particular en la UE es algo que continúa desafiando la imaginación incluso de los menos crédulos sobre la eternidad del relativo bienestar occidental. 

En este nuevo cuadro vital tienen que probarse las revueltas, las revoluciones, los levantamientos de los cuerpos sometidos a la movilización total. Que serán tanto una ruptura consigo mismos, que tiene que pasar por todas las fases del sufrimiento, la desesperación y el nihilismo, pero que pueden reconstruirse mediante la producción de los afectos de resistencia y producción de cooperación dentro y contra la sociedad guerra, en la inevitable tragedia que su implantación implica. Lo colectivo, el común, los enunciados y las formas de vida capaces de desbaratar la sociedad guerra nacen de estos ensamblajes de los cuerpos sometidos a la movilización total. De los cuerpos máquina sometidos al control algorítmico de su producción vital y cada vez más en interfaces que alimentan el machine learning, pero capaces de hackearla y desviarla; los cuerpos racializados, objeto fóbico de las guerras de civilización y de las pasiones de exterminio fascista; los cuerpos generizados, objeto fóbico de la contrarrevolución patriarcal y binarizadora y del biopoder fascista sobre la capacidad reproductiva. Este es el diagrama en el que se juega, sin preeminencias ni centralidades estratégicas, el desbaratamiento de los regímenes de guerra capitalistas y sus correlatos de guerra y fascismo. 

Lo más difícil, siempre, es el cómo. Ahora que la regla es la dictadura bajo formas democráticas, el estado de excepción, el exterminio programado, los protectorados, las agresiones militares à la Trump o las guerras infinitas localizadas como la ucraniana. Solo una subversión de estos órdenes se presenta como una perspectiva realista y apegada a la verdad de la situación. Pero la larga historia de las luchas y los repertorios contra la guerra, el colonialismo, la violencia patriarcal, la explotación capitalista, la dictadura mediática y la devastación ecosistémica son un phylum vivo que hay que innovar y poner a prueba en la nueva situación. 

En el caos ecosistémico en el que vive y prospera la sociedad guerra, resulta poco práctico fijar a priori un punto estratégico. Resulta más útil pensar en términos de centros de gravedad revolucionaria, en las deformaciones del espacio y el tiempo biopolíticos que rompan y hagan inviables los regímenes de guerra. Un centro de gravedad político no es una metáfora, sino una aproximación a las relaciones de fuerza políticas entre las clases y los grupos sociales en sociedades capitalistas de masas, en las que operan medios de producción industrial, tanto públicos como privados, de subjetividad y de acción sobre las acciones posibles de los otros grupos sociales, desde los mass media a las redes sociales digitales, sus plataformas y sus operadores algorítmicos, a los que se suman cada vez más los agentes de IA de las grandes corporaciones de extracción y explotación del intelecto general. Las cuestiones de la fuerza política y del conflicto de fuerzas siguen narrándose y representándose con las nociones de la mecánica de sólidos y de los paralelogramos de fuerzas. Ni siquiera se visualizan con arreglo los modelos de gravitación newtoniana, ni mucho menos con los de la relatividad general y la deformación del espacio tiempo (político). Sin embargo, la experiencia de las revueltas y rebeliones contemporáneas, desde el mayo de 1968 en París al 15M español y catalán, pasando por la Plaza de Tiananmen y las ocupaciones de Tahrir  en El Cairo y el Parque Gezi en Estambul, nos muestra que los estallidos autónomos e imprevistos forman centros de gravedad que deforman el espacio tiempo político, que hacen que todo el sistema de agonismos y antagonismos tenga que someterse a su tiempo y a la forma que da al espacio político. Esto sucede solo cuando tiene lugar una extrema densidad e intensidad de potencias afectivas (del lenguaje pero de los signos en general) en uno o varios lugares capaces de entrar en red de forma autónoma, y esto implica la autonomía de la comunicación y de la producción de subjetividades situadas, al menos mientras tiene lugar el proceso de autoconstitución de los centros de gravedad política. La constitución de la multitud contemporánea es inseparable de la constitución de los centros de gravedad revolucionaria. A partir de esa constitución, y en la medida en que la autonomía de la enunciación, la autorrepresentación y la comunicación se mantienen, el espacio y el tiempo de los antagonismos se pliega a las condiciones creadas por el centro de gravedad revolucionario. Este puede derivar en agujero negro político, o bien puede construir constelaciones de centros de gravedad que sometan a los adversarios y enemigos a los espacios tiempo más favorables para la creación de pluriversos de emancipación que, para el caso que nos ocupa, excluyen la guerra moderna, la colisión central entre masas de gravedad política.

Hoy asistimos a un retorno, justo pero muy problemático, de las temáticas estratégicas del partido revolucionario y de la estrategia de la toma del poder y de la guerra civil revolucionaria. Cuando no estamos ante meras actualizaciones del estalinismo en sus compatibilidades con la sociedad guerra y la represión del pluralismo y de la autonomía de los ensamblajes de cuerpos, nos encontramos con narraciones ideológicas capaces de agregación y activismo, pero romas y obtusas en el reconocimiento de la mutación ecosistémica y tecnológica del capitalismo histórico, las formas estado y la guerra. 

Ningún repertorio, ningún ámbito, ninguna institución puede excluirse a priori. Con menor motivo pueden prescribirse reglas de comportamiento universales. Tanto la forma de los regímenes de guerra como las coyunturas de cada territorio, región y estado y sobre todo la práctica y la coinvestigación con las subjetividades en lucha tienen que informar los mejores repertorios y las mejores tácticas.

Pero si hablamos de guerra, movilización total, estados de excepción de geometría variable, de empresas de genocidio y de tecnoapartheid, de procesos de fascistización, nadie puede prescindir de las formas de desobediencia, civil y social; de las huelgas y la organización del sabotaje de las máquinas y empresas de guerra; de las batallas legales y judiciales, de las plataformas electorales allí donde aún se puedan dar. Al mismo tiempo, la transformación en plataformas de metaproducción y control de la vida de los gigantes de Internet y la distribución, junto con las plataformas de IA y su colaboración orgánica con la construcción de la sociedad guerra, junto a su papel cada vez más evidente de laboratorios de un nuevo tecnofascismo supremacista y exterminista, plantean el problema de la introducción de las luchas de clase en su interior. Las plataformas son fábricas de la vida sometida, máquinas de proletarización de todos sus aspectos y producciones de valor. Al mismo tiempo son empresas de guerra. Las plataformas son el corazón estructural de la constitución de la sociedad guerra y el principal objetivo de una lucha de clases transnacional para su sabotaje, desbaratamiento, desmantelamiento, descentralización y reutilización en los procesos de lucha y liberación, en dinámicas conjuntas y concomitantes entre medidas gubernamentales, luchas sindicales y ciudadanas, iniciativas alternativas de hackers e ingenieros antifascistas y actores contra el calentamiento global y la devastación ecosistémica de la carrera por los recursos minerales, acuíferos y energéticos. Tan importante como la socialización de las instituciones financieras e inmobiliarias y de la producción de instrumentos monetarios lo es este proceso de ataque, expropiación y transformación ecosistémica de las plataformas. 

Imaginar este proceso de una manera practicable y realista implica la investigación y la práctica de una existencia dual: in and off the grid, conforme de una reapropiación de masas de la capacidad de servirse de jaulas de Faraday, de una clandestinidad ontológica respecto a la existencia y localización electromagnéticas. Implica la construcción, uso y generalización de masas de una contrainternet que recupere la capacidad de sustracción y autonomía respecto a los medios de producción de las plataformas, indistinguibles de los medios de control, extracción de datos y vigilancia, detención y neutralización totales. Se trata de pasar de lo que caracterizó el ciclo de las plazas y las redes en 2011, basado aún en un uso alternativo de las plataformas y regulaciones algorítmicas existentes, a una constitución alternativa y antagonista, capaz de vivir en ósmosis continua entre la presencia y la interacción pública en los regímenes y sociedades de guerra y la clandestinidad de masas de la contrainternet y de los espacios y tiempos off the grid

Los regímenes de guerra no alimentan ya ningún tipo de esperanza o confianza en el futuro. Por eso dan paso inevitablemente a los nihilismos exterministas de la sociedad guerra. Por tal motivo la creencia materialista, la potencia práctica de las hipótesis de liberación y emancipación que, mediante sus efectos, su inscripción en la trama de lo real, aumentan la probabilidad de su efectuación y refuerzan a su vez la creencia, cobran, más que nunca, un papel determinante. Nos toca producir y promover la creencia y validarla en la práctica de la destrucción de los regímenes de guerra. La creencia en la potencia de invención y efectuación emancipadora de las “C”s que atormentan a capitalistas y fascistas de hoy al igual que a los de ayer. Las “C”s del comunismo, de las comunas, los colectivismos, de la potencia del común. 


Obras citadas:

Erich Ludendorff, Der Totale Krieg, Munich, Ludendorffs Verlag, 1935.

Antonio Negri, Il comunismo e la guerra, Milán, Feltrinelli, 1980.

Antonio Negri, “Fascismo e diritto: una questione di metodo”, Macchina Tempo, Milán, Feltrinelli, 1982.

Sobre el carácter integral del régimen de guerra, tan económico como político, cultural, tecnocientífico, metafísico y religioso, véase Raúl Sánchez Cedillo, Esta guerra no termina en Ucrania, Iruña, Katakrak, 2023.