Destruir al adversario para educar al electorado: de los usos electorales del lobby pro israelí en Estados Unidos
La destrucción del constitucionalismo democrático y la oligarquización de la política concebidas e implementadas por las clases dominantes occidentales actuales como hoja de ruta para destruir las condiciones de reproducción social de las grandes mayorías de las clases trabajadoras exigen nuevas formas partido, cuya organización interna, funcionamiento público y dinámica institucional sean igual de violentas, distorsionadoras de la realidad, autoritarias, brutales y capaces de producir fragmentos caóticos de política del espectáculo que el proyecto macroestructural reaccionario que estas elites dominantes están intentando imponer a escala del sistema-mundo capitalista. La transformación del Partido Republicano de la mano del proyecto político de Donald Trump y su camarilla y su articulación con el despliegue del poder del lobby judío estadounidense, que se halla alineado con el proyecto genocida, exterminador y terrorista del Estado racista y colonial israelí, está haciendo del Partido Republicano una organización política más autoritaria, irracional, brutal, racista y clasista (ICE, Gaza, Irán, Venezuela, Cuba) que el modelo de partido legado por los neoconservadores estadounidenses desde la presidencia de Bush junior. La derrota en las primarias de Kentucky del congresista republicano Thomas Massie, no trumpista y crítico severo del Estado de Israel y de su tergiversación de la política exterior estadounidense, por el cruce de la presión financiera del AIPAC y de la influencia mediática de Donald Trump es todo un condensado de sociología política, que ilustra a la perfección los efectos de la combinación funesta y reaccionaria de cantidades enormes de dinero procedente del primero para destruir a un candidato no pro sionista con la presión mediática grosera y con el poder de chantaje ejercido por el segundo sobre una clase dirigente republicana corrupta, inmoral, oligárquica, sociópata y retrógrada, así como privada de toda obligación para con su electorado y de toda posibilidad de poder ser censurada racionalmente por este, dada la disparidad inconcebible de medios económicos y la censura estructural impuesta sobre los medios de comunicación
A primera vista el 4º distrito electoral de Kentucky parecía un escenario poco probable para ser la sede de la campaña de primarias más costosa de la historia de Estados Unidos hasta la fecha. Se trata de un escaño seguro del Partido Republicano situado en el norte del estado; la circunscripción se extiende a lo largo del río Ohio, desde las áreas suburbanas de Cincinnati hasta la zona montañosa que bordea los Apalaches, un corredor de almacenes de bourbon, iglesias evangélicas, pastos para caballos y centros logísticos. Thomas Massie, el hasta ahora congresista, de 55 años, nunca fue un Republicano convencional. Criado en las tierras altas pobres y escasamente pobladas del condado de Lewis, hijo del propietario de una cervecería, Massie se formó como ingeniero en el MIT y fundó una empresa de interfaces digitales, SensAble Devices, a principios de la década de 1990. Massie fue elegido a la Cámara de Representantes en 2012 de la mano del ala libertaria insurgente del Tea Party. Ron Paul le dio su respaldo; Rand Paul, hijo de este y senador recién electo por Kentucky en ese momento, hizo campaña a su favor durante la campaña electoral. En el Capitolio, Massie demostró ser un constitucionalista partidario del «gobierno pequeño» sui generis. Aunque se inclinaba hacia la derecha en temas como la ciudadanía por nacimiento y el aborto, sus convicciones antibélicas y su hostilidad hacia la vigilancia estatal lo situaban más cerca de posiciones tradicionalmente asociadas con la izquierda. A lo largo de siete mandatos, que son bianuales en la Cámara de Representantes, se opuso repetidamente a la disciplina de partido en materia de asignaciones presupuestarias al gasto de defensa, la renovación de la Patriot Act, los paquetes de ayuda exterior, la recopilación de datos por parte de la NSA y los aumentos del techo de la deuda. Al hacerlo, adquirió un dominio poco común de los procedimientos de la Cámara, utilizando las peticiones de quórum y la influencia del Comité de Reglas para desafiar a la dirección del partido.
Sus peculiaridades personales –Massie luce una insignia casera con un reloj de la deuda en la solapa y diseñó un gallinero robótico alimentado con energía solar, el «Clucks Capacitor», en su granja autosuficiente construida por él mismo en los valles de Garrison– lo diferenciaban aún más de una monótona cohorte republicana. Su temperamento indomable no hizo mella en su popularidad en Kentucky, donde ayudó, entre otros logros, a desregular la floreciente industria del cáñamo y obtuvo permiso del Departamento de Agricultura (USDA) para suministrar camellos vivos al Ark Encounter de Williamstown, una réplica de 150 metros de la embarcación bíblica. Su emblemática Prime Act, actualmente a la espera de la aprobación del Senado, flexibilizaría las normas federales de procesamiento de carne para permitir que los pequeños ganaderos vendan carne de vacuno, cerdo y cordero sacrificados localmente directamente a los consumidores, lo cual sería una bendición para los productores rurales de la región.
Massie, que apoyó la candidatura presidencial de Paul Jr. en 2016, mantuvo una relación inestable con Trump desde el principio. Simpatizante de la energía contraria al establishment de MAGA, se distanció de la Administración trumpiana en materia de gasto deficitario y supervisión legislativa. La primera gran ruptura pública se produjo en marzo de 2020, cuando Massie intentó forzar una votación específica sobre la Coronavirus Aid, Relief, and Economic Security Act (2020), que implicaba un gasto de 2,2 billones de dólares, en lugar de permitir que se aprobara por aclamación. Trump lo tildó de «desastre para Estados Unidos» y pidió a los Republicanos que «expulsaran a Massie del Partido Republicano». Sin inmutarse, el congresista derrotó holgadamente a su rival en las primarias con el 81 por 100 de los votos en junio de ese año y logro su reelección sin problemas mayores problemas en noviembre.
Seis años después, ha llegado la hora de la verdad. En junio de 2025, después de que Massie votara en contra de la Big Beautiful Bill e intentara invocar la autoridad del Congreso para bloquear la entrada de Estados Unidos en la Guerra de los Doce Días de Israel, los veteranos colaboradores de Trump, Chris LaCivita y Tony Fabrizio, pusieron en marcha un Super PAC (comité de acción política dotado de capacidad de gasto ilimitada a favor de un determinado candidato) denominado MAGA KY y dirigido por ellos, para «gastar lo que fuera necesario» con el fin de desbancar a Massie. Los planes llevaban gestándose desde años atrás. Massie, desde hacía tiempo una voz disidente del consenso proisraelí imperante en el Congreso, fue el único miembro de la Cámara de Representantes, que votó en contra de la US-Israel Strategic Partnership Act de 2014 y del proyecto de ley de 2016 que ampliaba las sanciones a Irán, así como el único congresista republicano, que se opuso a la censura en 2019 del movimiento BDS y a la financiación de la Iron Dome en 2021; en octubre y noviembre de 2023 la negativa de Massie a respaldar sucesivas resoluciones, que equiparaban el antisionismo con el antisemitismo, le colocó directamente en el punto de mira del lobby israelí. El American Israel Public Affairs Committee (AIPAC) financió una modesta campaña publicitaria contra él el año siguiente («Everybody who cares about the Holy Land needs to know, Tom Massie is hostile to Israel [Todo aquel que se preocupe por Tierra Santa debe saber que Tom Massie es hostil a Israel]), tras una eficaz campaña multimillonaria para destituir al representante de Indiana John Hostettler, otro opositor a la ayuda al Estado judío. Pero esto fue solo un aviso.
A principios del verano pasado, MAGA KY comenzó a acumular fondos para la campaña. Los dos mayores donantes fueron Miriam Adelson, la confidente de Netanyahu nacida en Tel Aviv y heredera del imperio de casinos de su difunto marido, y el magnate de los fondos de cobertura Paul Singer, quizá la figura más influyente, después de Adelson, en el círculo conservador de recaudación de fondos proisraelí, pilar de la Republican Jewish Coalition, la Foundation for the Defense of Democracies y el Tikvah Fund. A finales de junio, el Super PAC anunció su primera campaña publicitaria de un millón de dólares, bombardeando a los telespectadores de los mercados de Cincinnati y Louisville con un clip de treinta segundos, que mostraba una imagen compuesta de Massie junto a Sanders, Ocasio-Cortez y el ayatolá Jamenei, superpuesta con el título «Massie sided with them» [Massie se alió con ellos].
A once meses de una carrera que aún no tenía rival, el momento era extraño. Pero pronto surgió un rival en la figura de Ed Gallrein, un oficial naval retirado de lengua torpe, que se ha referido a los civiles como «ovejas» y que espera restablecer el servicio militar obligatorio. Trump, a quien Gallrein atribuye jugar al «ajedrez de nueve dimensiones», explicó que buscaba «alguien con un cuerpo caliente para derrotar a Massie». Gallrein se negó a debatir con su oponente o a conceder entrevistas improvisadas a la prensa, dejando que una creciente falange de comités de acción política externos tomase las riendas. A principios de año, el AIPAC entró con fuerza. Jewish Insider informó de que la inversión publicitaria inicial del United Democracy Project fue de 790.000 dólares; su portavoz, Patrick Dorton, tildó a Massie de «el republicano más antiisraelí del Congreso» y afirmó que el grupo se aseguraría de que «cada uno de sus electores lo supiera». Christians United for Israel añadió una avalancha de vallas publicitarias por valor de seis cifras, afirmando haber acaparado «todas las vallas publicitarias disponibles» del distrito. Solo el RJC Victory Fund, otro super PAC de la Republican Jewish Coalition, invirtió más de 4 millones de dólares en un conjunto de seis anuncios dirigidos contra Massie por oponerse al ataque estadounidense-israelí contra Irán, el mayor gasto de este tipo en la historia de la organización.
Superado por capacidad de gasto y de fuego, Massie cayó luchando, obligando a Trump a tomar medidas sobre los expedientes de Epstein, uniéndose a los Demócratas para patrocinar legalmente la obligatoriedad de la autorización del Congreso para iniciar la guerra contra Venezuela e Irán y denunciando la influencia externa que, en su opinión, había convertido su carrera en las primarias «en un referéndum sobre, si Israel puede comprar escaños en el Congreso». Días antes de que los votantes acudieran a las urnas, presentó la Americans Insist on Political Agent Clarity Act, que obligaría a las organizaciones que presionan en nombre de otros Estados a registrarse como agentes extranjeros. El presidente, por su parte, recurrió a las redes sociales para arremeter contra Massie («imbécil», «vago», «gran canalla»), viajó a Kentucky para recabar apoyos para Gallrein y envió al secretario de Guerra a un mitin electoral en vísperas de las elecciones. Tomándose un respiro de la dirección de las operaciones del CENTCOM en el Golfo, Hegseth subió al escenario al son del riff de sintetizador de Jump, el tema legendario de Van Halen, y ofreció elogios insustanciales a las credenciales de «combatiente» del antiguo SEAL.
Los anuncios televisivos degradaron aún más el tono. Un anuncio negativo para realzar a Massie producido contra su contrincante alegaba, que «la mafia gay se adueñará del progresista Eddie», y una extraña producción de MAGA KY, generada por IA y presentada con la consabida voz en off, afirmaba «¡Thomas Massie pillado en un trío!», mostrando al congresista registrándose en un hotel con Ocasio-Cortez e Ilhan Omar: «Esto es peor que el adulterio», concluye el narrador, «es una traición completa y total al presidente Trump». Dadas las sumas en juego sorprende los pocos escándalos reales que se han podido sacar a la luz. En la recta final de la campaña, una exnovia acusó a Massie de ofrecerle «dinero del ganado», esto es, ingresos procedentes de la venta de ganado no declarados a las autoridades fiscales, a cambio de retirar una demanda por despido improcedente contra uno de sus aliados en la asamblea legislativa estatal.
Sea cual fuere el efecto de tales bombazos, Massie perdió por diez puntos el pasado martes 26 de mayo, lo cual supone un margen de 10.283 votos sobre una participación de 105.361. Las encuestas preelectorales indicaban una profunda división generacional: más de dos tercios de los Republicanos de entre 26 y 35 años se decantaron por el titular del escaño, al igual que la mayoría de los que contaban entre 36 y 45 años, mientras que el grupo numéricamente más numeroso, el de mayores de 66 años, se decantó rotundamente por Gallrein. Cuando se calmaron las aguas, se habían gastado más de 33 millones de dólares solo en publicidad, más de 300 dólares por voto. La campaña de Massie superó a la recaudación de fondos de Gallrein, pero el dinero de los Super PAC inclinó la balanza, con 16,4 millones de dólares gastados en nombre del aspirante, casi todos ellos (en torno a 15,8 millones) procedentes del AIPAC y sus financiadores. Una vez que se tengan en cuenta las declaraciones tardías, el cómputo final será aún mayor. Curiosamente, el mayor contribuyente a un super PAC favorable a Massie parece haber sido el multimillonario inversor libertariano de TikTok Jeff Yass, él mismo un discreto benefactor del belicismo sionista. Ninguna de las partes se benefició mucho de la generosidad de los kentuckianos. El Lexington Herald Leader señaló que los diversos PAC estaban «financiados exclusivamente por donantes de otros estados».
La cobertura de la prensa convergió en una única conclusión. «Trump derrota a Massie en Kentucky», anunciaba el titular de Politico. La derrota de Massie, para Reuters, «pone de relieve los riesgos para los congresistas y senadores que desafían a Trump». La AP calificó el resultado como «otra prueba del poder de Donald Trump sobre su partido». «Los partidarios de Israel se han opuesto durante mucho tiempo a Massie», observó Jake Tapper, periodista de la CNN, «pero ha perdido esta noche, porque el presidente Trump quería que fuera derrotado». «Gallrein se vio impulsado por el importante gasto efectuado por el AIPAC y otros grupos proisraelíes», admitió PBS NewsHour, «sin embargo, no hay duda de que Trump fue el factor clave».
No cabe duda de que la intervención de Trump debilitó a Massie. La tasa de éxito del presidente en los apoyos prestados a los candidatos de las primarias republicanas es formidable, incluso en contiendas reñidas. A principios de este mes, cinco senadores estatales republicanos de Indiana fueron derrotados tras oponerse a la redefinición de los distritos electorales promovida por la Casa Blanca; Bill Cassidy, de Luisiana, no logró pasar a la segunda vuelta cinco años después de su apoyo al segundo juicio político contra Trump; y en la votación de esta semana en Texas, el senador John Cornyn fue derrocado en otra campaña asombrosamente costosa coordinada por LaCivita y Fabrizio. Sin embargo, Massie había demostrado anteriormente una notable capacidad para resistir la hostilidad de Trump, sobreviviendo a anteriores «fatwas» presidenciales y despachando a los aspirantes con facilidad. La variable decisiva en 2026 fue la magnitud del gasto externo, que transformó un duelo difícil pero ganable en una demostración sin precedentes de la riqueza organizada.
John Podhoretz, periodista y comentarista político conservador de Commentary, en un estado de ánimo exultante, explicó que la derrota del «antisemita» Massie debería enviar un mensaje a quienes se sientan tentados a imitarlo: «Los judíos vamos a utilizar el poder que tenemos para ir abiertamente a por vosotros». «Voy a decirlo sin rodeos», explicó Podhoretz. «Eso es dinero judío».
Si los principales medios de comunicación estadounidenses han tratado el tema con cautela, otros han sido menos reservados. La contienda era «una prueba de si un crítico acérrimo de Israel puede sobrevivir en el Partido Republicano actual», observó The Times of Israel horas antes de que se conocieran los resultados, añadiendo que una victoria de Massie «sería una señal de que las voces antiisraelíes se están envalentonando en ambos partidos». «Contrariamente a la narrativa sobre un valiente independiente que desafía a Trump», señaló el redactor jefe de Jewish News Syndicate, Jonathan Tobin,
la importancia de la contienda radica en otra parte. Otros Republicanos, entre ellos senadoras como Lisa Murkowski, de Alaska, y Susan Collins, de Maine, se han enfrentado a Trump y han sobrevivido para contarlo. Lo que sería diferente en el caso de Massie es que ningún otro Republicano lo ha hecho presentándose en contra de Israel, deslegitimando no solo la alianza entre Estados Unidos e Israel, sino también el derecho de los ciudadanos judíos y otros partidarios del Estado judío a hacer oír su voz en la política estadounidense.
Una derrota de Massie, anticipó Tobin, «garantizaría una nueva avalancha de comentarios antisemitas sobre Israel y los judíos que “compran” escaños en el Congreso», a pesar de que «el AIPAC es un grupo de presión relativamente pequeño al que la mayoría de las demás entidades de este tipo superan ampliamente en gasto». El propio AIPAC no dudó en atribuirse el mérito. «Nuestra comunidad se ha sentido orgullosa de apoyar a Gallrein y de contribuir a la derrota de Massie», se leía en el comunicado de prensa de la organización. John Podhoretz, periodista y comentarista político conservador de Commentary, en un estado de ánimo exultante, explicó que la derrota del «antisemita» Massie debería enviar un mensaje a quienes se sientan tentados a imitarlo: «Los judíos vamos a utilizar el poder que tenemos para ir abiertamente a por vosotros». «Voy a decirlo sin rodeos», explicó Podhoretz. «Eso es dinero judío». Los judíos estadounidenses «constituyen el 2 por 100 de la población –continuó– [mientras que] según algunos estudios, los judíos representan el 20 por 100 de las contribuciones benéficas que se realizan anualmente en Estados Unidos, siendo muy similar la cifra de las que se efectúan a la contienda política».
El enfrentamiento de Kentucky se produjo en un momento crítico para los partidarios de Israel en Estados Unidos. Desde el inicio de su Vernichtungskrieg [guerra de aniquilación] en Gaza, una serie de informes han advertido de la existencia de divisiones en la coalición MAGA en torno a la relación especial existente entre Estados Unidos e Israel. Gran parte de las críticas más feroces a las políticas de Trump en Oriente Próximo han surgido de la esfera mediática alternativa, que ayudó a llevarlo al poder. Tucker Carlson, Megyn Kelly y Candace Owens, entre otros líderes de los comentaristas de derecha posteriores al monopolio de la Fox, han condenado al presidente por abandonar sus instintos antiintervencionistas. Carlson, que invitó a Massie a su programa en vísperas de las primarias, ha calificado la guerra contra Irán de «absolutamente repugnante y malvada», dijo que se sentía «traicionado» por Trump y se disculpó ante los espectadores por haber ayudado a que fuera elegido presidente. Tras dimitir del Congreso en enero de este año ante la amenaza de que un rival respaldado por Trump compitiera con ella en las primarias, la incendiaria congresista Marjorie Taylor Greene, amiga de Massie, optó por conceder innumerables entrevistas para denunciar el «genocidio, la crisis humanitaria y la hambruna, que se están produciendo en Gaza», financiados con dinero de los contribuyentes y para señalar que la guerra en Irán constituye «un completo desmentido de la agenda MAGA».
Dejando a un lado a quienes han renegado de Trump y a los podcasters, la base del Partido Republicano sigue inclinándose a favor de Israel, en particular los votantes más alineados con Trump. Las encuestas muestran, que casi la mitad de los militantes o simpatizantes republicanos identificados con MAGA aprueban al actual gobierno israelí. Por el momento, el apoyo republicano a la guerra contra Irán se mantiene intacto en torno al 65 por 100. Pero se vislumbran signos de erosión, especialmente entre los jóvenes. La última encuesta de The New York Times/Siena reveló que la mayoría de los militantes o simpatizantes de entre 18 y 44 años desaprueba la gestión de Trump del conflicto y que el 70 por 100 desea que el próximo candidato presidencial del partido adopte una postura diferente respecto a Israel. En términos más generales, el estado de ánimo nacional está cambiando: casi dos tercios del país se oponen a la aventura en Irán y los estadounidenses expresan ahora mayor simpatía por los palestinos que por los israelíes.
Los cambios en la opinión pública han obligado al AIPAC a revisar su estrategia. Mientras que John Mearsheimer y Stephen Walt, en un artículo de 2007, analizaban un aparato cuyo poder se basaba en la hábil creación de un consenso bipartidista, hoy el lobby pro israelí opera en circunstancias comparativamente más difíciles, viéndose obligado en ocasiones a sustituir el consenso, que ya no puede obtener de forma fiable, por su poderío financiero. En los cuatro ámbitos de influencia que identificaron Mearsheimer y Walt –el gobierno, el Congreso, el debate público y la campaña electoral–, el balance es desigual. La política de Oriente Próximo de la Casa Blanca ha permanecido en manos proisraelíes a lo largo de las administraciones de ambos partidos, de McGurk y Hochstein, enviados de Biden, a Huckabee y Witkoff, enviados de Trump, lo cual ha garantizado la transferencia ininterrupida de armas y la cobertura diplomática. Los disidentes son despedidos (Malley) o dimiten (Kent). En el Congreso, a pesar de un ligero repunte en la combatividad, los resultados en la Cámara de Representantes siguen siendo abrumadoramente pro israelís. Si bien la prensa ha mostrado indicios de ambivalencia desde que comenzó la destrucción de Gaza, persisten asimetrías evidentes en la cobertura de los palestinos y los judíos israelíes; por otra parte, el coste institucional de la desobediencia ha aumentado drásticamente a través de restricciones a la libertad de expresión, las leyes antiboicot, las cacerías de brujas en los campus y las deportaciones. La financiación de las campañas, tras el fallo histórico del Tribunal Supremo estadounidense Citizens United v. Federal Election Commission (2010), ofrece un panorama desolador. Los ingresos del AIPAC se quintuplicaron entre 2000 y 2022, cuando estableció por primera vez su propio comité de acción política. Las donaciones se triplicaron con creces en los meses posteriores al 7 de octubre de 2023, al igual que el gasto político directo. En 2024 su Super PAC desembolsó sumas récord para derrotar a Jamaal Bowman (14,9 millones de dólares) y a Cori Bush (8,59 millones de dólares), ambos críticos demócratas de la guerra de Israel en Gaza, en las que fueron entonces las primarias a la Cámara de Representantes más caras de la historia.
El gasto masivo en la carrera de Bowman en Nueva York ha sembrado la preocupación entre algunos partidarios de Israel inquietos ante la posibilidad de que tal «exceso» financiero pudiera ser potencialmente contraproducente. Jeremy Ben-Ami, de la organización sionista progresista J-Street, observó que hasta 2021 el AIPAC prefería el «guante de terciopelo»; su «mano dura», le preocupaba, corría el riesgo de «caer en los peores tópicos y estereotipos contra los que están tratando de luchar». Desde la derrota de Massie se han expresado recelos análogos. «El gasto proisraelí puede haber logrado su objetivo principal el martes 25 de mayo», ha afirmado el corresponsal de Haaretz en Washington, «pero es muy posible que el AIPAC esté sacrificando su prestigio a largo plazo a cambio de victorias a corto plazo». Sea como fuere, la magnitud del esfuerzo contradice cualquier pronóstico prematuro de declive.
Más allá de un cierto umbral, las inyecciones de dinero producen rendimientos electorales drásticamente decrecientes. Pero la influencia no se reduce a la compra de votos o al «acceso» a ser candidato. Los gastos exorbitantes pueden indicar determinación, capacidad de intimidar a los adversarios y poder de disuadir las deserciones. Estos señalamientos desorbitadamente caros son especialmente valiosos, cuando las preferencias de un grupo de interés divergen de las de un electorado más amplio. Hace diez años, James Zogby, del Arab American Institute, señaló que el «mito» de la fuerza punitiva del lobby bastaba para moldear la realidad.
Recomendamos leer Grey Anderson, «Primacy’s Calculus», NLR 156, New Left Review, «Abandonando Sión: Entrevista a Arielle Angel, directora de Jewish Currents», Diario Red/New Left Review 148. JoAnn Wypijewski, «La vida en la muerte sembrada por el fascismo trumpiano», Dylan Riley, «Capitalismo, capitalistas, política», «Culturas políticas, marxismo, política de clase», «Intereses materiales y lucha de clases», «Lenin en Estados Unidos», «Después de la cultura de masas» y «Contra Arendt», todos ellos publicados en Diario Red. Dylan Riley y Robert Brenner, «Siete tesis sobre la política estadounidense», NLR 138, y «La lógica política de los horizontes bloqueados del capitalismo», NLR 155.
Este texto se ha publicado en Sidecar, el blog de la New Left Review, revista bimestral publicada en Madrid por el Instituto República & Democracia de Podemos y por Traficantes de Sueños.