Matar de sed a propósito

Desde Malí hasta Sudán, los grupos armados controlan la tierra y el agua en lugares donde el ajuste estructural destruyó el Estado: nuestro último informe muestra que la crisis del Sahel no es un conflicto climático, sino una guerra de clases impulsada por el imperialismo.

Publicamos la traducción del Cuarto boletín panafricano (2026), escrito por Dalaya Ashenafi y Mikaela Nhondo Erskog, responsables de la mesa panafricana de thetricontinental.org.

<p>&nbsp;Lamine Senghor (en el centro) participa, junto con J.&nbsp;T.&nbsp;Gumdede, del ANC, y otros delegados, en el Congreso Internacional contra la Opresión Colonial celebrado en Bruselas en febrero de 1927.</p>
Lamine Senghor (en el centro) participa, junto con J. T. Gumdede, del ANC, y otros delegados, en el Congreso Internacional contra la Opresión Colonial celebrado en Bruselas en febrero de 1927. Wikimedia Commons.

Queridas/os amigas/os:

Saludos desde la mesa de Tricontinental Pan-África.

El 22 de abril, la Red Global sobre Extremismo y Tecnología (GNET) publicó un texto en el que se presentaba el concepto de «gobernanza verde oscura», un patrón según el cual los grupos armados del Sahel y de otras zonas ya no se limitan a explotar el estrés climático, sino que institucionalizan deliberadamente la gestión de los recursos medioambientales como fuente de legitimidad política. Entre otros ejemplos, el autor muestra cómo Jama’at Nasr al-Islam wal Muslimin (JNIM) gestiona tribunales basados en la sharia para arbitrar disputas entre pastores, regula el acceso al agua y a los corredores de pastoreo, y supervisa la minería artesanal en la región de Liptako-Gourma, en Malí. El autor tiene la precaución de señalar que el clima actúa como un "multiplicador de amenazas", mediado por fragilidades socioeconómicas preexistentes, en lugar de constituir una causa directa de insurgencia. Resulta relevante la observación de que los grupos armados están creando estructuras de gobernanza formalizadas en torno a recursos escasos y de que "recuperar los bienes comunes medioambientales mediante una gobernanza legítima e inclusiva" es fundamental para cualquier respuesta seria.

Nuestro análisis no parte de un cuestionamiento de lo que describe el autor, sino de la pregunta de por qué tienen éxito estos grupos y en qué condiciones estructurales surgen tales formas de gobernanza. Identificar la "Gobernanza Verde Oscura" como un fenómeno es valioso. Sin embargo, ¿qué explica la base material específica de su atractivo? ¿Por qué Katiba Macina, el grupo yihadista armado que está en el centro de las operaciones de la JNIM en el Sahel, obtuvo el apoyo masivo de los pastores fulanis marginados? ¿Por qué es un fenómeno tan extendido?

Esto es lo que nuestro último informe, Lucha de clases y catástrofe climática en el Sahel (informe núm. 99), redactado conjuntamente por miembros del equipo de Tricon Pan-Africa, se propone explorar. El informe sostiene que la respuesta no es simplemente que el Estado se retiró, sino que su capacidad para gobernar la tierra, el agua y la movilidad pastoral fue destruida sistemáticamente, primero por el colonialismo francés, luego por la formación del Estado neocolonial y, finalmente, por décadas de ajuste estructural. El vacío de gobernanza no es un accidente hecho de instituciones débiles; es el producto de una economía política específica.

Desde la época colonial, los conflictos en África se han explicado con todas las categorías imaginables -antagonismo tribal, odio étnico, extremismo religioso, fallos de gobernanza, presiones demográficas, escasez de recursos-, excepto la que subyace a todas ellas: la clase.

Basándose en la tradición de Class Struggles in Tanzania de Issa Shivji y Saviors and Survivors de Mahmood Mamdani, el informe sostiene que la escalada de violencia en el Sahel solo puede entenderse si se fundamenta en la lucha de clases, dado que opera dentro de la economía política de la extracción imperialista. La catástrofe climática es un acelerador que intensifica las contradicciones preexistentes, no su causa fundamental. El llamamiento a recuperar los bienes comunes medioambientales a través de una gobernanza legítima es digno de atención, pero no puede abordarse sin preguntarse por quién despojó a las comunidades de esos bienes comunes y a través de qué mecanismos.

Los hechos son contundentes. El Sahel se ha calentado aproximadamente 1,5 veces más rápido que la media mundial en las últimas décadas, a pesar de contribuir con menos del 1 por cien de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero. África representó menos del 3 por cien de las emisiones globales acumuladas de CO2 entre 1750 y 2021. Por el contrario, Estados Unidos, que se está calentando a un ritmo similar, representa el 25 por cien de las emisiones mundiales. La naturaleza de las precipitaciones en sí ha cambiado: la lluvia es ahora más intensa pero intermitente, lo que provoca tanto inundaciones como sequías. Sin embargo, el marco dominante del «conflicto climático», consolidado a través del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y la investigación en materia de seguridad financiada por Occidente, presenta la escasez de recursos provocada por el clima como la raíz de la violencia y la inestabilidad en el Sahel, omitiendo sistemáticamente el contexto de despojo colonial, ajuste estructural y militarización que creó la crisis en primer lugar.

Delegados para la IV Conferencia Panafricana en Nueva York, 1927. Wikimedia Commons
Delegados para la IV Conferencia Panafricana en Nueva York, 1927. Wikimedia Commons

Los estudios de caso del informe sobre Malí y Sudán revelan cómo funciona esto en la práctica. En Malí, la ley colonial de la tierra destruyó los sistemas de gestión social. Los programas de ajuste estructural (PAE) a partir de 1988 acabaron el trabajo: recortes de personal veterinario y de extensión, privatización de los puntos de agua e imposición de una devaluación monetaria del 50 por cien en 1994. Cuando el Estado se retiró, los grupos armados ocuparon el vacío. Este es el contexto de la "Gobernanza verde oscura", pero el informe revela una capa a la que ese marco no accede. Katiba Macina obtuvo el apoyo masivo de los pastores fulani marginados no solo porque ofreció una resolución de conflictos en un vacío de gobernanza, sino también porque suprimió las tasas de pastoreo que los jefes pastores habían impuesto para acceder a los pastos de las llanuras aluviales, ricos en nutrientes; tasas que consumían una parte sustancial de los ingresos en efectivo de los pastores y que el Estado neocolonial había permitido que se convirtieran en un sistema de extracción de rentas. Para los pastores más pobres de las tierras áridas, la abolición de las tasas supuso la diferencia entre la viabilidad y el despojo. Cuando Katiba Macina restableció posteriormente unas tasas más bajas en 2018, muchos pastores pasaron a apoyar a una facción rival que prometía la colectivización de la tierra. La violencia típicamente descrita como «conflicto étnico» entre los pastores fulani y los agricultores dogon es, como muestra el informe, un conflicto de clases dentro de ambas comunidades, moldeado por el despojo colonial e intensificado por el estrés climático. Lo que desde fuera parece una "gobernanza medioambiental por parte de extremistas" es, desde abajo, una disputa sobre quién establece las reglas de acceso a la tierra y al agua en condiciones de escasez artificial.

En Sudán, la historia es aún más cruda. Darfur, calificada como "el primer conflicto del mundo por el cambio climático", es en realidad una guerra ecológica de clases. La reestructuración neoliberal del régimen de Bashir después de 1989, impuesta por los PEA del FMI y del Banco Mundial, privatizó las tierras comunales, eliminó los subsidios agrícolas y subcontrató la violencia estatal a las milicias Janjawid, que se apoderaron del ganado, las cosechas y la tierra, creando una nueva clase de acumuladores militarizados. Las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF) evolucionaron a partir de estas milicias hasta convertirse en empresas capitalistas que controlan minas de oro y rutas de contrabando, financiadas por los Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudí. Mientras tanto, el Proceso de Jartum de la UE canalizó fondos a las agencias fronterizas sudanesas -incluidas unidades vinculadas a las RSF- para frenar la migración, militarizando directamente la respuesta a las poblaciones desplazadas por el clima.

Las mujeres y las niñas se encuentran en el centro de esta crisis climática y política entrelazada. A medida que el agua y la leña escasean, las mujeres deben caminar distancias más largas cada día, lo que reduce el tiempo para la actividad económica o la participación cívica. Las crisis climáticas obligan a las niñas a abandonar la escuela, las empujan al matrimonio precoz y están relacionadas con el aumento de la violencia en el seno de la pareja. El cambio climático no solo está remodelando los paisajes físicos, sino que también está reduciendo el espacio político para la mitad de la población.

Sin embargo, el informe no termina con una nota de desesperación. En Koubri, a unos cuarenta kilómetros de la capital de Burkina Faso, Uagadugú, las integrantes de la Asociación de Mujeres de Watinoma trabajan la tierra utilizando prácticas agroecológicas: cultivan maíz orgánico como parte de la resistencia campesina a las semillas modificadas genéticamente, elaboran bioplaguicidas a partir de hojas de neem, jengibre machacado, ajo y guindilla, y gestionan un pozo alimentado por energía solar que garantiza el acceso al agua incluso en la estación seca. Estas mujeres encarnan la conclusión del informe: el futuro del Sahel no se garantizará con muros fronterizos, bases o mercados, sino enfrentándose a las estructuras capitalistas e imperialistas que convierten el estrés climático en despojo y guerra.

En Illighadad, un remoto pueblo del centro de Níger sin electricidad ni agua corriente, Fatou Seidi Ghali, mayormente considerada la primera mujer tuareg en tocar la guitarra profesionalmente, lidera Les Filles de Illighadad (Las Hijas de Illighadad). Su música tiene sus raíces en el tende, una tradición femenina de celebración y comunidad construida en torno a un tambor de mortero y maza y una calabaza medio enterrada en el agua, una forma que, en algunos contextos ceremoniales, también sirve como vehículo para la curación espiritual. Mientras que el blues del desierto de Tinariwen canta sobre el exilio y la sed -"perdida en la noche, mi sed, mi deseo de agua me despertó"- y expresa musicalmente las condiciones de privación estructural, Les Filles de Illighadad hacen música desde dentro de las condiciones a las que apuntan las imágenes del dossier: mujeres en un pueblo sin agua, recurriendo a la práctica colectiva, al conocimiento ancestral y al propio elemento -el agua- que el imperialismo y el ajuste estructural han hecho escaso. Sus canciones no son lamentos por lo que se ha perdido. Son actos de soberanía cultural, que insisten en que las tradiciones a través de las cuales las comunidades sahelianas siempre han regido su relación con la tierra -de forma comunitaria, colectiva, a través del conocimiento y el trabajo de las mujeres- no se han extinguido.

Así es como se recuperan los bienes comunes: no como una estrategia de seguridad, sino como un proyecto de civilización. Las mujeres de Watinoma cultivan maíz ecológico desafiando las semillas modificadas genéticamente. Las mujeres de Illighadad haciendo música con una calabaza y agua. La sed, en el Sahel, la crea el capitalismo. Pero la gente del Sahel no ha dejado de construir el mundo que vendrá después.

Te animamos a que leas el dossier completo y lo compartas ampliamente.

Un saludo cordial,

Dalaya y Mika