El asesinato de Patrice Lumumba, el proyecto europeo y las elites coloniales atlánticas

El posible procesamiento de Étienne Davignon por su participación activa en nombre del Estado belga en el asesinato de Patrice Lumumba, tras una brillante carrera en la política belga y en el seno de la Unión Europea, demuestra los orígenes coloniales de esta y la continuidad de las elites políticas que la gestionan, que demuestran hoy (Ucrania, Gaza) la misma incapacidad y el mismo colonialismo que ayer (Congo, Suez)
El exprimer ministro congoleño Patrice Lumumba con las manos atadas a la espalda, tras su detención en diciembre de 1960 -Copyright © africanews AP/1960 AP
El exprimer ministro congoleño Patrice Lumumba con las manos atadas a la espalda, tras su detención en diciembre de 1960 -Copyright © africanews AP/1960 AP

¿Quién mató a Patrice Lumumba? Más de seis décadas después de que el primer jefe de gobierno de un Estado congoleño independiente fuera ejecutado por un pelotón de fusilamiento nocturno, su fantasma sigue acechando la política belga. Oficialmente, por supuesto, hace tiempo que se dispone de una respuesta concisa: Lumumba fue ejecutado en enero de 1961 por un pelotón de soldados coloniales y agentes de policía, bajo la atenta mirada del secesionista katangués Moïse Tshombe, tras lo cual un miembro del escuadrón disolvió su cuerpo en un baño de ácido, que décadas más tarde mostró uno de sus dientes a un periodista de la televisión belga. Sin embargo, la pregunta de quién proporcionó al pelotón sus instrucciones y su armamento no puede responderse con la misma concisión.

La posible imputación de Étienne Davignon, un exdiplomático, funcionario, conde y político belga de 93 años, empresario de pro, exvicepresidente de la Comisión Europea entre 1981 y 1985, y yerno de Paul-Henri Spaak, padre fundador de la alianza militar europea y después secretario general de la OTAN entre 1957 y 1961, ha obligado recientemente a reabrir el caso Lumumba

Desde el principio, en Kinshasa y Bruselas se señaló a los principales responsables: la familia real belga; las altas esferas de la clase capitalista belga, en particular la Union Minière du Haut-Katanga, filial de la infame Socièté Générale, emblema del capital financiero europeo y predecesora de la actual empresa minera Umicore, ansiosas por asegurar sus propiedades en la era poscolonial; así como los servicios de seguridad estadounidenses, preocupados tanto por garantizar la estabilidad en el cinturón mineral africano situado entre Angola y Rodesia, ambos países nodos de la Guerra Fría, como por la infiltración comunista en el nuevo gobierno congoleño. El asunto está lejos de estar zanjado, pero con demasiada frecuencia parece presentar un interés meramente histórico, otro caso sin resolver de la tumultuosa era de la descolonización. En las últimas décadas, los vínculos residuales existentes entre la República Democrática del Congo y Bélgica durante la era de Mobutu se han roto y ambos países se han distanciado cada vez más, tanto económica como políticamente. La desconexión no hace más que aumentar por el reducido tamaño de la diáspora poscolonial belga, difícilmente comparable a la de otros antiguos imperios como Francia o el Reino Unido.

La posible imputación de Étienne Davignon, un exdiplomático, funcionario, conde y político belga de 93 años, empresario de pro, exvicepresidente de la Comisión Europea entre 1981 y 1985, y yerno de Paul-Henri Spaak, padre fundador de la alianza militar europea y después secretario general de la OTAN entre 1957 y 1961, ha obligado recientemente a reabrir el caso Lumumba. Existen en estos momentos muchas posibilidades de que Davignon sea juzgado por su complicidad en el asesinato. Durante la agitación política que se apoderó del Congo tras la independencia, trabajó como becario en el Ministerio de Asuntos Exteriores de Bélgica, el cual ha sido sospechoso durante mucho tiempo de haber ayudado e incitado al asesinato. Davignon se enfrenta ahora a una serie de cargos por crímenes de guerra, no sujetos a prescripción, que incluyen la «detención y traslado ilegales de un civil o prisionero de guerra», la ausencia de «juicio justo e imparcial» y el «trato humillante y degradante». Los abogados que representan a los descendientes de Lumumba niegan rotundamente, que Davignon fuera un personaje secundario. En aquella época, también ejerció como enviado diplomático en la vecina Burundi, donde supervisó el proceso de descolonización. A pesar de su juventud, Davignon operaba en la cúspide de la élite del Estado belga.

Durante mucho tiempo, las pruebas de la complicidad del Estado belga fueron en gran medida fragmentarias. Sin embargo, en 1999, tras la muerte del autoritario sucesor de Lumumba, Mobutu, y la salida del gobierno belga de los democristianos, pilares del dominio colonial antes de la independencia, el historiador Ludo De Witte pudo demostrar en su famoso libro  The Assassination of Lumumba hasta qué punto Bruselas estuvo implicada en el asesinato. En su opinión, la implicación del gobierno belga abarcaba del apoyo a los movimientos independentistas regionales, que fueron quienes encarcelaron a Lumumba, a la colaboración activa en su traslado al lugar donde fue asesinado. En respuesta, se creó una comisión parlamentaria para esclarecer el papel de Bélgica en el asunto.

La investigación se enfrentó rápidamente a una oleada de críticas, entre ellas las del propio De Witte, que acusó a los investigadores de no profundizar lo suficiente y de inclinarse por la apologética colonial. En 2011 los descendientes del antiguo líder congoleño presentaron su propia demanda contra diez presuntos cómplices belgas, entre ellos Davignon, el único que aún vivía. Ahora, una prueba inesperada va a acelerar el proceso judicial: una serie de conversaciones con el político belga mantenidas en el curso del proceso de investigación tras reabrirse el caso. El acceso público a la transcripción parecía constituir una auténtica quimera, pero los periodistas pudieron acceder a ella gracias a una filtración anónima. Un reciente informe ha investigado las medias verdades, que Davignon ofreció en las conversaciones y ha recopilado recuerdos de otros diplomáticos belgas involucrados en la crisis. Entre ellos se encuentra el exministro Mark Eyskens, hijo del entonces primer ministro belga Gaston Eyskens, él mismo un declarado antilumumbista, quien afirmó que aún queda mucho por investigar sobre el caso, especialmente por parte de Estados Unidos: «se subestima el papel de los estadounidenses en todo el asunto».

De hecho, en el mundo anglosajón se ha prestado mucha atención a la participación de Washington en el asesinato. Tomemos, por ejemplo, The Lumumba Plot: The Secret History of the CIA and a Cold War (2023), de Stuart Reid. Reid, miembro senior del Council on Foreign Relations, profundiza en los archivos estadounidenses recientemente abiertos y señala la participación temprana de agentes de la CIA y del presidente Eisenhower en el asesinato. Una de las primicias del libro es el informe de una reunión de 1960 en la que, durante una sesión plenaria de la Casa Blanca sobre la crisis, el presidente dibujó una «X» junto al nombre de Lumumba. Reid también presenta nuevos testimonios de agentes estadounidenses activos en África Central desde la década de 1940, cuya presencia respondía en parte a la existencia de yacimientos de uranio de la región, que eran cruciales para la carrera armamentística nuclear entonces en rápida escalada.

Reid no consultó a testigos belgas in extenso para su investigación y el país aparece a menudo como de interés secundario en su libro. El resultado es que su lente analítica se desplaza constantemente de Bélgica a Estados Unidos en la secuencia de acontecimientos, que condujeron al asesinato de Lumumba. En sus intervenciones públicas, ello ha dado lugar en ocasiones a especulaciones dudosas por parte de Reid. En su opinión, Estados Unidos podría haber llegado a una solución menos sangrienta, si sus cuadros imperiales hubieran estado menos cegados por la paranoia de la Guerra Fría. Una atmósfera cortada por el patrón del doctor Strangelove se cernía sobre el aparato de seguridad estadounidense, lo cual finalmente resultó contraproducente: en opinión de Reid, Lumumba siguió siendo proestadounidense hasta el último momento, cuando quedó claro que Estados Unidos se mantendría al margen del vacío de poder congoleño, tras lo cual lanzó una desesperada apuesta para obtener la ayuda soviética, envite cuyo éxito siempre fue improbable, dado el sesgo conservador de la política exterior imperante en Moscú.

Las lecciones que Reid extrae del asunto tienen un aire de previsibilidad. Los responsables políticos de Washington no deberían descartar demasiado rápido a un amigo indeciso por considerarlo un enemigo. Con China supuestamente empeñada en convertirse en el avatar del comunismo soviético del siglo XXI, las fuerzas no alineadas de África o Asia no deben enfrentarse a acusaciones prematuras de traición. Reid incluso sugiere que, en realidad, la independencia del Congo no supuso ningún riesgo económico significativo para Estados Unidos y que el mencionado cinturón mineral dotado de autonomía política podría resultar tolerable para la potencia estadounidense. Como han señalado los historiadores, aunque la mina de Shinkolobwe, situada en Katanga, había suministrado el mineral de uranio utilizado para fabricar las bombas lanzadas sobre Hiroshima y Nagasaki, esta ya había cerrado cuando se produjo la independencia. Los estadounidenses habían aprovechado otras fuentes, lo cual tomó por sorpresa a los funcionarios belgas a finales de la década de 1950, cuando se estaba considerando la renegociación de los tratados comerciales precedentes. La hipótesis de que la crisis del Congo tuvo al menos una causa inmediata en la competencia imperante por las materias primas durante el periodo de posguerra, como sugirió Lumumba a The New York Times un mes antes de su muerte, le parece a Reid una hipótesis muy poco probable.

En 2025 el Congo, azotado por los conflictos, sigue siendo una de las fronteras de extracción de materias primas más mortíferas del mundo y lo es todavía más por los activos extractivos necesarios para la implementar la transición ecológica global, mientras Umicore sigue siendo una empresa cotizada que cosecha beneficios astronómicos

The Lumumba Plot: The Secret History of the CIA and a Cold War ha sido objeto de duras críticas por parte de De Witte, quien le reprochó que su estudio ignorara las variables belgas presentes en la crisis. El planteamiento miope de la influencia estadounidense no solo es autoengrandecedor, como si los belgas fueran actores de tercera categoría en el Congo en aquella época, sino que indirectamente respalda la postura de quienes en Bélgica están empeñados en cerrar el expediente de Lumumba de una vez por todas. Al fin y al cabo, los motivos de Bélgica en la crisis iban mucho más allá del resentimiento por su discurso sobre la independencia. La democratización del antiguo ejército colonial, que Lumumba propuso a finales de 1960, ya había sido considerada una provocación imperdonable. A raíz de ello, numerosas figuras de la satrapía belga anticiparon una nacionalización al estilo de Suez de los recursos katangueses, como había ocurrido en 1956. Si a esto le sumamos el temor a un escenario similar al de Argelia en el que los colonos belgas locales crearían comités de seguridad pública para salvaguardar su estatus como colonos de rango superior y desencadenarían en consecuencia una guerra civil, la rapidez de la retirada belga de su antigua colonia de la corona empieza a tener sentido. También disponemos desde hace tiempo de pruebas de los fondos que fluyeron de Union Minière a los diversos saboteadores indígenas del proceso de independencia, lo cual pone en evidencia que otras materias primas además del uranio empobrecido, sobre todo el cobre y el cobalto, pesaron mucho en la balanza congoleña, hechos todos ellos, que solo se mencionan de pasada en el debate registrado al otro lado del Atlántico.

La amnesia característica de la relación de Bélgica con su antigua dependencia ha persistido en el actual debate mediático sobre el juicio en curso. Entre la apología evasiva de Eyskens y el exclusivismo estadounidense de Reid, quedan sin resolver una serie de cuestiones importantes, que en absoluto son irrelevantes para la coyuntura actual. En 2025 el Congo, azotado por los conflictos, sigue siendo una de las fronteras de extracción de materias primas más mortíferas del mundo y lo es todavía más por los activos extractivos necesarios para la implementar la transición ecológica global, mientras Umicore sigue siendo una empresa cotizada que cosecha beneficios astronómicos. No hace falta argumentar al respecto la importancia de la alineación de Europa en la próxima confrontación entre China y Estados Unidos, acompañada por las habituales anteojeras ideológicas y por el debate en torno al extractivismo, las luchas libradas en torno a África y las políticas de alianza. Desde este punto de vista, el caso Lumumba parece todo menos histoire ancienne.


Recomendamos leer Linda Melvern, «Acabar con Lumumba», NLR 11, Joe Trapido, «El gigante desbordado de África» y «El teatro de poder en Kinsasa», NLR 98, Étienne Smith, «Las agonías del Congo», NLR 67. Rahmane Idrissa, «El Sahel: un mapa cognitivo», NLR 132, y Giovanni Arrighi, «La crisis africana», NLR 15.

Este artículo ha aparecido en Sidecar, el blog de la New Left Review, revista publicada en Madrid bimestralmente por el Instituto Republica & Democracia de Podemos y por Traficantes de Sueños, y se publica con permiso expreso de su editor.