No, el marxismo occidental no fue un complot de la CIA

La polémica de Gabriel Rockhill contra el marxismo occidental pretende condenar a un grupo de intelectuales de izquierda de la posguerra, como Herbert Marcuse. Con muchas insinuaciones pero pocas pruebas, el resultado se asemeja más a un juicio espectáculo que a una acusación política seria.

Reseña de ¿Quién pagó los fastos del marxismo occidental?, de Gabriel Rockhill (Monthly Review Press, 2025), publicada en la versión inglesa de la revista Jacobin.

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Cartel publicitario de la película "Espionage" (1937).

 "Está volviendo toda la vieja basura de la década de 1930: la mierda de la «línea de clase», el «papel de la clase obrera», los «cuadros formados», el  «partido de vanguardia» y la «dictadura proletaria». Ha vuelto todo aquello, y de una forma más vulgar que nunca". Esto escribía el anarcoecologista Murray Bookchin en su folleto de 1969, ¡Escucha, marxista!

Sesenta y tantos años después, ¿siguen siendo ciertas estas palabras? Algunas de las frases no han dejado de ser marginales. Sin embargo, algo que inquietaba a Bookchin está ocurriendo en nuestra convulsa tierra: el regreso de las consignas marxistas-leninistas y el ocaso del espíritu de la Nueva Izquierda. Un signo de los tiempos: un nuevo libro de una editorial socialista, Who Paid the Pipers of Western Marxism? [¿Quién pagó los fastos del marxismo occidental?], sirve de ejemplo y confirma este resurgimiento.

Su autor, Gabriel Rockhill, establece una contraposición nítida entre las supuestas virtudes del marxismo de inspiración soviética y los supuestos defectos de los principales intelectuales de la Nueva Izquierda, en particular de los vinculados a la Escuela de Fráncfort. Pero no consigue ofrecer una crítica justa de sus sujetos. Por el contrario, recurre a insinuaciones y a la culpabilidad por asociación en un intento de destruir su reputación. Podría considerarse un marxista-leninista al estilo de Donald Trump: utilizar cualquier medio para difamar al enemigo.

Orígenes de la Nueva Izquierda

La Nueva Izquierda surgió a finales de la década de 1950 como resultado de los acontecimientos políticos y los cambios generacionales. A medida que los baby boomers llegaban a la adolescencia, los movimientos por los derechos civiles y antinucleares agitaron la escena política nacional. Estos movimientos tuvieron lugar en medio de una tensa situación mundial, con la muerte de Iósif Stalin en 1953, la denuncia de Nikita Jruschov hacia su predecesor en 1956 y los levantamientos en la esfera soviética, desde Berlín hasta Budapest.

Los trabajadores se rebelaron contra los supuestos Estados obreros, pero fueron reprimidos por las tropas soviéticas. Para los izquierdistas de mayor edad, que aún veían en la Unión Soviética una fuente de inspiración revolucionaria, estos acontecimientos supusieron una decepción definitiva. En cambio, para los izquierdistas más jóvenes, que buscaban orientación, si no inspiración, el marxismo soviético despertaba poco o ningún entusiasmo.

Estos jóvenes de izquierda -al menos los intelectuales en ciernes entre ellos- buscaban una forma de marxismo menos rígida que la versión soviética. Estudiaron los primeros escritos de Marx y a los primeros críticos del marxismo ruso, como Rosa Luxemburg. Volvieron a (y, en parte, inventaron) un marxismo occidental.

La expresión "marxismo occidental" surgió por primera vez en la década de 1920 como un insulto utilizado por los portavoces soviéticos que arremetían contra algunos marxistas europeos, acusándolos de ser demasiado filosóficos y de no comprometerse lo suficiente con las ideas de Lenin y la construcción del partido de vanguardia. El término es engañoso, ya que la línea de demarcación no denota geografía, sino ideas. En Occidente abundaban los "marxistas soviéticos", mientras que en la propia Unión Soviética surgían "marxistas occidentales" disidentes.

Sin embargo, el término sí señalaba contrastes reales entre las variedades de marxismo de estilo europeo y soviético. Los europeos reflexionaban sobre las diferencias entre el Occidente industrializado, con una amplia clase obrera, y una Rusia agraria, con una clase obrera mucho más reducida y un vasto campesinado. Occidente necesitaba, creían, no partidos de vanguardia, sino intelectuales de vanguardia. La cuestión en Occidente no era tanto cómo subvertir el Estado como cómo subvertir una cultura burguesa que había seducido a sus poblaciones.

Las diferentes trayectorias intelectuales se deben a experiencias históricas divergentes: por un lado, el éxito de la Revolución Rusa; por otro, el fracaso de las revoluciones europeas tras la Primera Guerra Mundial. Como declaró un marxista neerlandés en 1927: "Desde 1918 hasta nuestros días, cada capítulo de la historia europea podría titularse: La derrota de la revolución". Esta experiencia de derrota marcó el marxismo occidental durante las décadas siguientes.

La Escuela de Fráncfort

La generación del baby boom asumió el legado del marxismo occidental, que consideraban menos autoritario y dogmático que el marxismo soviético. Los intelectuales de la Nueva Izquierda y sus revistas -Studies on the Left, Radical America, New Left Review, Telos- trataron de replantearse la tradición marxista. En este empeño, redescubrieron no solo los escritos del joven Marx, sino también a los pensadores de la llamada Escuela de Fráncfort, que trataban de abrirse camino entre un marxismo soviético estrecho de miras y una socialdemocracia flácida.

Los pensadores de Fráncfort se reunieron en esa ciudad alemana durante la década de 1920. A mediados de la década de 1930, prácticamente todos ellos -en peligro tanto por ser de izquierdas como por ser judíos- habían huido de Alemania hacia Estados Unidos. Trabajaron como investigadores sin apenas repercusión pública hasta la década de 1960, cuando Herbert Marcuse en Estados Unidos y, en menor medida, Theodor W. Adorno y Max Horkheimer en Alemania (donde habían regresado tras la guerra), alcanzaron la fama como filósofos de la Nueva Izquierda.

Marcuse destacaba por encima de los demás gracias a su carisma, su adhesión a la Nueva Izquierda y la notoriedad pública de su alumna Angela Davis, quien también había estudiado en Fráncfort con Adorno. Ella fue una de las pocas mujeres que aparecieron en la lista de los diez fugitivos más buscados del FBI por su supuesto papel en los asesinatos cometidos en un tribunal en 1970, cuyo objetivo era liberar a los hermanos Soledad, que se encontraban encarcelados. Por un momento, Davis cautivó a Estados Unidos.

Avancemos casi sesenta años, ¿y dónde estamos? La Nueva Izquierda se desintegró, pero su humanismo, su espíritu contracultural, su política personal y sus instintos democráticos siguen siendo su legado en la izquierda... ¿o no? Mientras la Unión Soviética y su imperio se desmoronaban, la izquierda marxista distó de asistir a un renacimiento. Más bien al contrario: el conservadurismo y el antimarxismo han seguido avanzando.

En este sombrío contexto, Iósif Stalin, Mao Zedong y su marxismo leninismo han experimentado un resurgimiento. En ¿Quién pagó los fastos del marxismo occidental?, Rockhill expone el argumento de que los marxistas occidentales, principalmente los filósofos de la Escuela de Fráncfort, no eran revolucionarios cautelosos, sino más bien agentes a sueldo del capitalismo estadounidense. Criticaban a los países comunistas y a las luchas de liberación nacional mientras vivían la buena vida, cosechando los beneficios de lo que él denomina la "industria de la teoría radical".

Se nos informa de que los volúmenes posteriores -este es solo el primero de una trilogía prevista-abordarán a los intelectuales franceses y a los académicos "de vanguardia" con sus ideas sobre el poscolonialismo, los estudios subalternos y el afropesimismo. Rockhill argumentará que todos estos izquierdistas han servido al imperialismo estadounidense y han abandonado una versión auténtica del marxismo.

En este primer volumen, arremete contra los pensadores de la Escuela de Fráncfort calificándolos de "miembros de la intelectualidad pequeñoburguesa", que encabezaron un "marxismo imperial" anticomunista desde la comodidad de su "ciudadela universitaria financiada por el capital". En su política, Rockhill sigue las huellas de otro libro reciente, El marxismo occidental: cómo nació, cómo murió y cómo puede renacer, del difunto marxista italiano Domenico Losurdo, cuyas obras incluyen una defensa de Stalin. Rockhill, al igual que Losurdo, defiende un marxismo leninismo irreformable frente a los que él considera como los pensadores comprados de la Escuela de Fráncfort.

MHD

¿En qué consiste el argumento de Rockhill? Hay que reconocerle el mérito: Rockhill es un investigador diligente que se aferra a la más mínima pista que pueda arrojar sospechas sobre la Escuela de Fráncfort, por remota que sea la conexión. Para defender su argumento, afirma con frecuencia que procede de forma dialéctica. De hecho, ha acuñado un acrónimo, MHD (materialismo histórico dialéctico), como abreviatura de una filosofía política de la que se jacta de tener un "historial probado de éxito".

Nunca llega a demostrar tal éxito, y esto hunde su proyecto. Porque ataca a los marxistas occidentales con el argumento del "socialismo real", que ellos ignoraron o criticaron. El "socialismo real" hace referencia a la antigua Unión Soviética, a sus aliados, a la China actual, a las luchas de liberación nacional y a numerosos revolucionarios, principalmente figuras destacadas como Vladimir Lenin, Mao y el Che Guevara. Nunca menciona a Corea del Norte, pero, ¿por qué no?

Aunque el libro comienza con la captura y el asesinato del Che Guevara, Rockhill no dedica ni una sola frase a explicarnos cómo o por qué Mao o el Che siguen siendo relevantes para la izquierda occidental actual. Lo que significaba el maoísmo -un programa de insurgencia campesina- en las ciudades de Nueva York o Londres siempre fue un misterio, incluso cuando Mao aún vivía, pero a Rockhill no le importa explicarlo. Con su martillo, cuelga carteles del glorioso comunismo que los marxistas occidentales menospreciaban.

Rockhill admite que no va a entrar en detalle sobre los logros del "socialismo real", porque eso requeriría volúmenes adicionales. En su lugar, nos remite a una lista de veinte expertos. A diferencia de los "relatos poco documentados y superficiales de los teóricos críticos occidentales", las obras de estos brillantes camaradas ofrecen "historias materiales rigurosas" del socialismo real.

Un ejemplo que he extraído de su lista es el de Cheng Enfu, presidente de una Academia de Marxismo en China. Una reciente declaración del profesor Cheng dice lo siguiente: "La acción militar especial de Rusia [en Ucrania], desencadenada por Occidente, ha llevado a más personas en el mundo a darse cuenta de que el sistema y las políticas socialistas son de naturaleza pacífica". Tal vez te convenga llamar a tu especialista local en MHD para que te explique esa frase.

Rockhill no para de insistir y despotricar. Resulta que el profesor Herbert Marcuse no era lo mismo que el revolucionario negro George Jackson. Rockhill se empeña en esta comparación "reveladora", aunque admite que está "lejos de ser perfecta". A diferencia de Marcuse, que fue entrevistado, homenajeado y murió a los ochenta y un años, Jackson fue asesinado durante una fuga de prisión a los treinta años, lo que al parecer significa que Marcuse era un vendido. El propio Rockhill sigue vivo, es un profesor titular de cincuenta y cuatro años, lo que al parecer también significa que se ha vendido.

Perros silenciosos

Rockhill es un maestro en la culpa por asociación, la culpa por ubicación geográfica o la culpa por cualquier motivo. El "perro que no ladró" de Sherlock Holmes se convierte en el perro de Rockhill que nunca ladra, un hecho que confirma la culpa en todas partes. Afirma que, tras la guerra, Adorno y Horkheimer, tras regresar a Fráncfort, colaboraron con académicos que tenían un pasado nazi, pero eso no le basta para su acusación.

En 1952, según Rockhill, un antiguo oficial de las SS reveló que había servido en un ejército fascista secreto, nada menos que en Fráncfort. En ese momento, el detective Rockhill entra en acción y establece el vínculo con Adorno y Horkheimer. "No tengo constancia", declara nuestro intrépido detective, "de ninguna declaración pública que los teóricos críticos de Fráncfort hicieran sobre estas revelaciones relativas a una milicia nazi en su ciudad natal". ¿Qué podría resultar más inculpatorio? Deben de haber apoyado al ejército fascista secreto.

Pero cualquiera puede jugar a este juego. Rockhill imparte clases en la Universidad de Villanova, una institución católica situada en las afueras de Filadelfia. La diócesis católica de Camden, que abarca los alrededores de Filadelfia, pagó recientemente millones de dólares para resolver casos de abusos sexuales. No tengo constancia de que nuestro intrépido investigador haya hecho ninguna declaración pública sobre estos abusos en su ciudad natal. ¿Qué podría ser más condenatorio? Sin duda, apoya las prácticas sexuales indebidas de la Iglesia.

El perro que no ladra no hace más que confirmar el argumento general de Rockhill de que los pensadores de la Escuela de Fráncfort eran, en el mejor de los casos, agentes del imperialismo estadounidense o, en el peor, "objetivamente" nazis. La mayor parte del libro detalla la red entrelazada de gobiernos, fundaciones y la "industria de la teoría radical" de los marxistas occidentales. Gran parte de esto no es ninguna novedad, pero Rockhill lo aborda con una energía frenética.

¿Sabían que en 1959 Marcuse recibió una beca de 6.250 dólares de la Fundación Rockefeller, la mitad de su sueldo en Brandeis, para terminar su libro El hombre unidimensional? Rockhill descubre este dato en lo más recóndito de los archivos de Rockefeller, aunque podría haberlo encontrado en los agradecimientos de la primera página de El hombre unidimensional. La conclusión del autor: "No resulta exagerado decir que El hombre unidimensional fue financiado por la clase dominante capitalista".

<p>Fotograma publicitario estadounidense de la película alemana <i><em>Spione</em></i> (título en inglés: <i><em>Spies</em></i>) (1928). Wikimedia Commons.</p>
Fotograma publicitario estadounidense de la película alemana Spione (título en inglés: Spies) (1928). Wikimedia Commons.

¿O sabías que Horkheimer disfrutó una vez de un "viaje de placer" gratis a Hamburgo? ¡Desenmascarado! ¡El mundo del dinero fácil y la vida a toda velocidad de la industria de la teoría radical! Próximamente: Los lobos de Fráncfort, un remake de la película El lobo de Wall Street.

Base y superestructura

Aquí hay una cuestión real que nuestro brillante dialéctico apenas aborda: ¿cómo se puede sobrevivir, e incluso prosperar, en una sociedad capitalista sin medios capitalistas? Por cierto, ¿quién paga el propio sueldo de Rockhill? ¿Los revolucionarios del Tercer Mundo?

Pregunta: "Sustituye la incógnita: X era un magnate textil y cazador de zorros, miembro de la Bolsa Real de Mánchester y presidente del Instituto Schiller de la ciudad. Era un tipo desenfadado, de vida lujosa y gran bebedor, devoto de las cosas buenas de la vida: ensalada de langosta, Château Margaux, cerveza Pilsner y mujeres caras". La siguiente frase de esta biografía dice: "Pero durante cuarenta años Friedrich Engels financió a Karl Marx". ¡Así que El Capital fue financiado por capitalistas!

Los intelectuales de Fráncfort eran refugiados del nazismo; y sí, varios de ellos encontraron empleo en agencias gubernamentales estadounidenses durante la guerra, principalmente en la OSS (Oficina de Servicios Estratégicos), donde analizaban la situación de Alemania y el nazismo. No tenían ningún reparo al respecto. ¿Por qué iban a tenerlo? Contribuían al esfuerzo bélico contra el nazismo. Pero la OSS se considera la predecesora de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), que se fundó tras la guerra.

Rockhill dedica muchas páginas a intentar demostrar que Marcuse era un agente de alto nivel de la CIA. Se trata de una acusación que se remonta a 1969 y a un grupúsculo maoísta, el Progressive Labor Party, que vegetaba en un submundo intestino en el que Rockhill sigue viviendo mentalmente. Nuestro incansable detective teje diversas insinuaciones, incluida la sugerencia de que Marcuse formaba parte de una red de espionaje antisoviética de la CIA con sede en Fráncfort.

¿La prueba? La habitual ausencia de un perro que ladre. Un tal L. L. Matthias, autor de la afirmación, alega como prueba el hecho de que Marcuse nunca demandó al Progressive Labor por difamación, como si alguien en su sano juicio hubiera hecho algo así. ¿Acaso no es esto una prueba concluyente? Matthias también afirmó que sus acusaciones estaban "confirmadas en una carta" que recibió de un "antiguo agente de la CIA", que ahora vive en Filadelfia. ¡Caso cerrado!

Tras la guerra, Marcuse, al igual que muchos de sus colegas, encontró trabajo en programas universitarios. Rockhill no puede creer que fueran el Gobierno y las grandes fundaciones, y no las personas sin hogar o el proletariado, quienes financiaran estas instituciones. Por desgracia para Rockhill, uno de los pilares de Monthly Review, la prensa socialista que publica sus libros y los de Losurdo, siguió la misma trayectoria que sus colegas de la Escuela de Fráncfort.

Paul Baran, amigo íntimo de Marcuse, fue coautor del clásico marxista El capital monopolista junto con Paul Sweezy, de la Monthly Review (un capítulo omitido de ese libro se basaba en Adorno). Baran estudió en Fráncfort, se convirtió en refugiado, se unió a la OSS, ocupó cargos públicos y llegó a ser profesor titular en Stanford. Incluso trabajó en Wall Street como asesor de capitalistas.

Para poder utilizar el DHM patentado por Rockhill, la Universidad de Stanford -fundada por el magnate ferroviario explotador Leland Stanford- se hizo cargo del sueldo de Baran. No resulta exagerado afirmar que los libros de Baran fueron financiados por la clase capitalista.

Ciencia ficción

El gran descubrimiento que proclama Rockhill no es precisamente ninguna novedad: parte del dinero con el que se financió a estos académicos procedía de una iniciativa antisoviética de la Guerra Fría. Gran parte de esta historia ya la contó hace años Frances Stonor Saunders en su libro La CIA y la Guerra Fría cultural. Rockhill toma prestado el título de la edición británica de ese libro: Who Paid the Piper?

Existen serias dudas sobre hasta qué punto los intelectuales sabían que la CIA los financiaba, cooperaron con ella y reprimieron sus críticas a Estados Unidos. Pero a Rockhill no le interesan estos temas; prefiere la sencillez. "Al fin y al cabo", insiste, "la democracia burguesa y el fascismo son dos formas de capitalismo. Quien apoya la primera, apoya la segunda. La única distinción real es entre capitalismo y comunismo".

En realidad, dejando de lado las etiquetas, ambos sistemas surgieron (y siguen surgiendo) en muchas variantes. Si los académicos de Fráncfort hubieran huido al "socialismo real" de la Unión Soviética en lugar de a Estados Unidos, habrían dejado de existir realmente en los campos soviéticos. Ese hecho los acercó a las democracias occidentales. Sí, trabajaron para el "estado de seguridad nacional" que practicaba la segregación, como Rockhill señala continuamente, pero, ¿qué otras opciones tenían? ¿Una prisión soviética?

Nos recuerda con frecuencia que la Unión Soviética fue quien más contribuyó a la derrota de la Alemania nazi, como si eso lo explicara todo, pero parece desconocer su historia. Cita con incredulidad la declaración de Horkheimer de la década de 1930 sobre la posible alianza entre comunistas soviéticos y nazis. El Pacto Molotov-Ribbentrop entre soviéticos y nazis se firmó en 1939, con su protocolo secreto que acordaba la división de Polonia y los Estados bálticos. No solo eso, sino que la Unión Soviética también puso a cientos de refugiados, incluyendo judíos y comunistas, en manos de los nazis mientras el pacto estuvo vigente.

Rockhill es un investigador incansable; trabaja en varios idiomas; y su contenido en YouTube es muy extenso, con declaraciones audaces. Promociona el MHD como la panacea universal: dialéctico, probado, científico. Pero en sus manos, es menos dialéctico, probado o científico que la ciencia ficción. Con gran entusiasmo, desmiente todos los crímenes bien documentados del comunismo soviético y chino.

En las últimas décadas, la izquierda puede presumir de muy pocas victorias, pero el camino hacia el progreso no es seguir a Rockhill. Él propone, parafraseando el título de un panfleto de Lenin, no dar ningún paso adelante y dar diez pasos atrás. Una Nueva Izquierda/Marxismo Occidental, aunque ya entrado en años, sigue siendo más prometedor que un Mao o un Stalin 2.0.