Liberarse del trabajo: Evocando a Rossana Rossanda, el feminismo y las luchas obreras en la década de 1970 y hoy
A mi modo de ver, hubo dos elementos teórico-políticos relacionados con el trabajo que caracterizaron la década de 1970 y los años posteriores en Italia: el rechazo del trabajo y el reconocimiento como trabajo del cuidado doméstico gratuito de las mujeres. El rechazo del trabajo debe interpretarse dentro de las reivindicaciones obreras de igualitarismo salarial, muy extendidas sobre todo a principios de la década en cuestión, en oposición a las posiciones de [Luciano] Lama y [Bruno] Trentin, contrarios a los aumentos igualitarios. Se trataba, en lo esencial, del rechazo de una determinada organización del trabajo asalariado a partir de la forma de remuneración y de estructuración del trabajo. De hecho, estas reivindicaciones marcaron el fin de la adaptación jurídica y política al contrato, a una fantasmagórica medida del valor encarnado en la mercancía. Además, el igualitarismo en las reivindicaciones salariales desempeñó una función política, constituyendo un frente obrero en las luchas.
La interpretación de ciertas formas de rechazo del trabajo (absentismo, distanciamiento de la disciplina contractual y de la jerarquía de la fábrica, reivindicación de aumentos salariales significativos, etc.) procedía del descubrimiento de una clase obrera que se enfrentaba a sí misma, que aspiraba a su propia disolución superando la ideología del trabajo. Esta ideología se había construido sobre el profesionalismo y el vínculo con el lugar de trabajo, elementos fragilizados por las transformaciones productivas y la fuerza transformadora de las luchas obreras. La negación de la primacía del trabajo sobre la vida dio sentido al rechazo de la explotación, lo que hizo surgir y valorizar nuevas subjetividades.
En la década de 1970, con el rechazo del trabajo, los trabajadores socavaron el plan del capital mediante una reivindicación salarial independiente y fuera de control con respecto al beneficio, con la demanda de servicios, con el rechazo de la jornada laboral impuesta, con las autorreducciones y la lucha contra la nocividad de la fábrica (¿la nocividad del trabajo?). ¿Recuerdan Lo queremos todo, de Nanni Balestrini? Las reivindicaciones de topes mínimos de los precios y de precios políticos, de inclusión del tiempo de transporte en el tiempo de trabajo, del coste del transporte en el salario, creando una desconexión entre salario y tiempo de trabajo, se extienden por todo el territorio. El comienzo de una visión del tiempo de vida que se convertirá en el tema central de, por ejemplo, las recientes luchas francesas contra el aumento de la edad de jubilación.
Un discurso y una lucha política de reapropiación y de redistribución de la riqueza entre las clases.
Rossana describe la relación con el trabajo asalariado del siguiente modo: "Quienes entraban a trabajar en los últimos cincuenta años no solo accedían a un salario, sino que en el peor de los casos tenían un oficio y en el mejor se realizaban en una alta profesionalidad, y sobre estos carriles fundamentales programaban la base material de sus vidas". Esto lo escribió en 2002, pero ya hacía décadas que esto solo era así para una parte mínima de los trabajadores. Hacía tiempo que había comenzado la precarización de los empleos, sobre todo del trabajo intelectual, dando por sentado que el empleo fijo estaba en vías de desaparición. Ella atribuye esa perspectiva al Libro Blanco de Marco Biagi como adaptación del Libro Verde del Nuevo Laborismo.
Pero la intermitencia ya se había convertido en el estado natural del trabajo, de tal suerte que la vida entera se volvió precaria. Durante la década de 1970, nos encontramos cada vez más ante la figura del obrero despojado de su profesionalismo —conocimientos técnicos—, desposeído de sus campos o huertos (como forma de complementar su salario), desvinculado del producto de su trabajo, reducido a pura fuerza de trabajo abstracta, totalmente intercambiable. Se necesitaban formas de lucha y objetivos adecuados para abordar estas nuevas subjetividades. Guido Bianchini tenía razón al teorizar a los estudiantes como una nueva fuerza de trabajo y a la universidad como una fábrica de bienes inmateriales. También pienso en las contribuciones de Romano Alquati sobre la escuela.
Feminismo y trabajo doméstico en la década de 1970
Nos hacemos feministas escapando de la ideología y partiendo de las propias condiciones materiales. Las condiciones materiales de las mujeres en la década de 1970 (y en gran medida aún hoy) incluían la provisión de un trabajo reproductivo extenso y no remunerado, no contabilizado y aceptado como "trabajo de amor y dedicación". El trabajo doméstico no remunerado, a pesar de ser marginado por los partidos de izquierda como una "contradicción secundaria del capitalismo", es definido por las feministas materialistas como el fundamento básico de la acumulación y la ganancia (para un análisis, véanse los numerosos escritos de Maria Rosa Dalla Costa, Silvia Federici, Leopoldina Fortunati y la autora de estas líneas). De hecho, aunque las organizaciones políticas tradicionales siempre han considerado el espacio reproductivo como un "lugar de atraso político", también han terminado dándose cuenta, con un retraso culpable, de que se ha convertido en el corazón palpitante en los planos social y político de todo el sistema capitalista. Este trabajo constituye la base material de la actual forma neoliberal de producción y la consiguiente posibilidad de acumulación y ganancia, permitiendo asimismo la contención salarial.
Un desarrollo posterior del análisis ha puesto en el mismo plano la actividad social reproductiva gratuita con la que se desarrolla dentro del mercado de trabajo: ambas moldean a los sujetos humanos del capitalismo, los sostienen como seres humanos encarnados y los constituyen como seres sociales, cuidando a los ancianos, socializando a los jóvenes, manteniendo la esfera familiar y construyendo disposiciones afectivas y horizontales que sustentan la cooperación. Todo esto ocurre no solo en el ámbito privado de las familias, sino que también se socializa en instituciones como la escuela o el ámbito sociosanitario y de asistencia social, o en todos aquellos empleos que tienen en pie una apariencia de Estado del bienestar.
Retomando los análisis feministas de la década de 1970, que definían el rol de la mujer en la familia como "trabajo", Lotta Feminista, un grupo feminista internacional muy fuerte en aquel momento, reivindicó a través de las luchas la remuneración del trabajo doméstico. Sin embargo, esto genera una paradoja: se rechaza el trabajo doméstico para obtener un salario. Personalmente, siempre he considerado este objetivo inadecuado e insuficiente dadas las cambiantes transformaciones sociales y productivas, la aparición de subjetividades desvinculadas del profesionalismo y el trabajo, así como la demanda de socialización de la reproducción y la responsabilidad social de la vida individual. La individualización de la reproducción (del trabajo reproductivo doméstico) se convierte en una derrota, al igual que los salarios diferenciales.
No obstante, el trabajo reproductivo doméstico y social se considera la plataforma de base del trabajo productivo, ya que reproduce la fuerza de trabajo encarnada. Sin embargo, en las luchas, presenta muchas particularidades en comparación con el trabajo que produce mercancías, sobre todo en los últimos diez años, cuando estas luchas han cobrado la forma de huelgas, gracias a Non Una Di Meno [NUDM]. De hecho, resulta difícil rechazar el trabajo que no puede eliminarse y, a menudo, no puede ser reemplazado por máquinas (cuerpos y afectos, ¿o sí?). Pero la omnipresencia del trabajo puede reducirse con servicios sociales de calidad, dentro de un sistema de reproducción socializadora. Hasta el día de hoy, si la esfera reproductiva no se desvincula, en términos del reconocimiento del valor que produce y en términos de la posibilidad de una socialización de calidad, seguirá funcionando en contra de todos los trabajadores en un juego perverso de espiral descendente. En un artículo publicado en Il Manifesto en mayo de 2010, Rossana Rossanda responde al único número de la revista Sottosopra, Immagina che il lavoro, que proponía para las mujeres "un doble sí: maternidad-domesticidad y trabajo remunerado".
Con una postura informada sobre el trabajo de las mujeres, tanto doméstico como asalariado, Rossana afirma: “En realidad, ponerse a trabajar significaba convertirse en asalariadas, porque siempre habían trabajado. [...] Siempre, no solo en casa, sino también en algún sector de la producción agrícola o de servicios. Al entrar en la fábrica, se convertían en trabajadoras. [...] Salían de casa muy temprano, después de hacer las camas y preparar la minestra, se apresuraban a trabajar y, por la noche, tras hacer la compra apresurada, volvían a subir las escaleras para preparar la cena. Después de cenar, lavaban y planchaban, y los domingos por la mañana fregaban los suelos. Por regla general ganaban menos que los hombres y se las clasificaba en categorías inferiores.
Las que podían permitírselo pagaban la ayuda de otras mujeres en casa con los niños; sobre todo migrantes, a las que pueden pagar poco y tienen dificultades para regularizarse, por lo que la competencia por los salarios más bajos es desenfrenada. Los hombres migrantes trabajan en la construcción, las mujeres migrantes en el trabajo doméstico”. Pero luego reduce la fatiga del trabajo reproductivo a la maternidad: “Solo quienes nunca lo han hecho pueden considerar el trabajo de cuidado femenino en la maternidad como una alegría y un placer”. Y la lucha se traduce en la decisión de no tener hijos, algo que sigue siendo cierto hoy en día, pero que nos limita: “¿Es realmente cierto que la necesidad de la maternidad está escrita en nuestro ADN? Es un hecho que las mujeres de todos los países y religiones, en cuanto pueden tirar del gatillo genético, reducen drásticamente el número de hijos que tienen: con el deterioro del patriarcado, esto es lo que suele ocurrir. Es un hecho que las políticas demográficas en favor de la natalidad no conducen a ninguna parte". En este caso, define el rechazo del trabajo de reproducción de la especie como una lucha de las mujeres de todo el mundo contra el patriarcado.
El trabajo hoy
Parto de algunas reflexiones sobre el trabajo escritas por Giorgio Agamben, quien señala su uso como símbolo de los campos de concentración (“El trabajo os hará libres” estaba escrito en la puerta de ingreso a Auschwitz): esto debería haber advertido contra una interpretación tan imprudentemente positiva, como la de la Constitución italiana. También recuerda que en las páginas del Génesis, el trabajo se presenta como un castigo por el pecado de Adán. “Antes bien, una sociedad sana debería reflexionar no solo sobre las formas en que los humanos trabajan y producen entropía, sino también sobre las formas en que permanecen ociosos y contemplan, produciendo esa neguentropía sin la cual la vida no sería posible”. Es evidente que Agamben habla del trabajo asalariado, controlado por la organización productiva del capital.
Andrea Fumagalli añade al respecto: en teoría, aceptamos y practicamos una separación entre trabajo y vida, entre trabajo abstracto y trabajo concreto (que produce valor de uso), una separación entre producción y cuidado, entre producción y reproducción. Por su parte, Cristina Morini argumenta, en muchos de sus escritos, que el trabajo y la vida tienden cada vez más a converger en la producción de valor de cambio. Según estos análisis, con los que coincido, nuestras propias vidas se valoran (intercambian) sin la intermediación del "trabajo productivo" asalariado. Cada vez hay menos conexión entre trabajo y salario, entre trabajo y vida. En términos no abstractos: los trabajadores pobres representan el 11 por cien de los trabajadores italianos (los trabajadores pobres son aquellos que trabajan más de seis meses al año y cuyos ingresos disponibles los exponen al riesgo de pobreza).
Según las últimas tablas de Eurostat, la pobreza laboral está aumentando en Italia, especialmente entre los trabajadores autónomos, el 17,2 por cien de los cuales tiene ingresos inferiores al 60 por cien de la media nacional (una cifra que era del 15,8 por cien en 2023), mientras que para los asalariados la proporción, descontadas las transferencias sociales, ascenderá al 9 por cien en 2024, frente al 8,7 por cien registrado en 2023. Hasta el Presidente de la República ha expresado su profunda preocupación, citando a la OIT sobre los bajos salarios y el trabajo que genera pobreza. Así que me pregunto: ¿qué sentido tiene negociar empleos si el trabajo ni siquiera se intercambia por un salario digno? Y a menudo ni siquiera se intercambia por un salario, sino que se extrae directamente de la vida.
El rechazo del trabajo se manifiesta hoy de muchas maneras, fuera de las fábricas y las cocinas. Siempre que es posible, las personas huyen físicamente del trabajo que realizan y por el que se les paga (la deserción generalizada del trabajo remunerado en los países capitalistas maduros). Los jóvenes hikikomori en Japón se niegan a estudiar y trabajar (no olvidemos que se trata de un país en el que la ideología del trabajo es rígida y generalizada). Las mujeres de todo el mundo han dejado de tener hijos. En las huelgas francesas a gran escala contra el aumento de la edad de jubilación (recuerdo el cartel: la rétraite avant l’arthrite [“jubilarse antes de la artritis”]), la atención se centra en la vida, en una vida digna.
En Italia, la tasa de ninis (el porcentaje de jóvenes de entre 15 y 29 años que no trabajan ni estudian ni se forman) se encuentra entre las más altas de Europa. Nos enfrentamos a lo que Bifo (Franco Berardi) llama la deserción total. A partir de las luchas y la resistencia, se está diseñando, o al menos se busca, un futuro en el que el objetivo político es la primacía de la vida, el bienestar y la preocupación por los cuerpos frágiles. Queda un trabajo del que no hay escapatoria y que tiene sus propias características y limitaciones imperativas: el trabajo reproductivo. Además del trabajo no remunerado, realizado "por amor" (o por obligación), también encontramos trabajo remunerado en nuestros hogares. Podemos considerar los hogares como el mayor lugar de trabajo reproductivo, junto con los sectores sanitarios (clínicas y hospitales) y las escuelas de todos los niveles. Según el último informe Domina (2023), 3,3 millones de personas en Italia tienen un empleo de forma más o menos regular, incluyendo trabajadoras del hogar, cuidadoras y familias. Pero en este entorno laboral, que seguirá expandiéndose en el futuro, el Istituto Nazionale della Previdenza Sociale estima la tasa de irregularidad en un 47,1 por cien (en comparación con el 9,7 por cien de la media de la economía). Por lo tanto, estamos hablando de trabajo necesario, mal remunerado y sin protección. El mismo informe muestra que el 68,9 por cien de las y los trabajadores domésticos y cuidadoras/es regulares son inmigrantes. Como ya señalaba Rossana Rossanda en el artículo de 2010 mencionado anteriormente.
Me gustaría ver una visión convincente del futuro
Según este análisis, esto no significa que ya no valga la pena luchar por un nuevo contrato más lucrativo para los metalúrgicos o ferroviarios, ni contra la Ley de Empleo, ni por la imposición de un salario mínimo. Se trata, más bien, de tener una visión de los cambios estructurales y las nuevas subjetividades que los producen y, a la inversa, son su producto. Se trata de escapar de la subyugación a estructuras consolidadas de explotación y ganar espacios de libertad. Es importante recordar que, incluso dentro de las profesiones tradicionales, existe necesariamente un cambio en la composición técnica de la fuerza laboral, lo cual altera las subjetividades. Y luego están los trabajos inevitables con cualidades inestimables: el trabajo reproductivo: el menos valorado, el peor pagado, el más extendido hoy y en el futuro. Hay que recordar que se prevé que el 40 por cien de las profesiones futuras girarán en torno a la economía del cuidado. Sabemos, sin embargo, que para escapar de la explotación de este tipo de trabajo, los ajustes salariales y contractuales por sí solos no son suficientes: es necesario organizar una socialización y un cambio estructural en las relaciones sociales. Es importante reconocer las luchas uniéndolas bajo un objetivo común. Citando a Rossana Rossanda en un artículo de 2002:
"Las huelgas fueron un gran éxito. La pregunta es, más bien, cómo continuará la lucha después, en entornos institucionales, en los lugares de trabajo y en los espacios de encuentro donde la sociedad reflexiona sobre sí misma".
Si los salarios ya no pueden medir ni compensar el trabajo, si la productividad se ha convertido en productividad social y si la explotación afecta la vida de cada uno de nosotros, ¿podemos considerar una renta básica que permita vivir y una socialización del trabajo reproductivo que facilite el ocio productivo? Ya se han realizado experimentos con una renta básica. En Alemania, por ejemplo, se seleccionó a ciento siete personas para recibir 1200 euros al mes durante tres años sin condiciones. Los investigadores pudieron observar su comportamiento social: menos gastos de lujo e inversiones en mayor productividad y trabajo menos laborioso.
Esta investigación ha proporcionado información útil para el mundo político y sindical en la lucha contra la desigualdad y por una mayor libertad y poder creativo en el ámbito laboral. Así, pues, no se trata de ingresos a cambio de trabajo, sino de ingresos para la vida, una vida que puede ser altamente productiva al alejarse de la explotación de los bajos salarios. Insisto en que estos son temas (por ejemplo, los ingresos por autodeterminación) que han sido -y están siendo- promovidos por las huelgas transnacionales de la NUDM en las diversas huelgas del 8 de marzo, también firmadas por Rossana Rossanda en 2019. Para la NUDM en particular, partiendo de la necesidad de valorizar el trabajo reproductivo, se trata de luchar por establecer concretamente un ingreso vital, un ingreso individual (no familiar) incondicional que organice una vida libre tanto de la gratuidad del trabajo como de salarios insuficientes. Es evidente que para lograr este objetivo, para que tenga un sentido concreto de liberación, es necesario simultáneamente propiciar la expansión de las prácticas sociales de cuidado, retomando el trabajo reproductivo como fundamento central y esencial de la vida individual y social, sin el cual no habría desarrollo ni producción económica.